lunes, 7 de abril de 2014

¡Brutal!

¡Brutal! Es la única palabra que sacude mi mente mientras contemplo mi reflejo en el espejo del baño. Casi desnuda, solo con las medias y tacones, y los chorros de semen que escurren por mi pecho hacia mi ombligo.

Me apoyo en el lavabo con una mano, me lavo con la otra, aún me tiemblan las piernas. Si alguien me hubiera dicho que hoy acabaría haciendo lo que acabo de hacer no le hubiera creído. Ha surgido de una forma tan natural, tan sin pensar. Charlando los tres alguien ha propuesto intentar una doble. ¿Por qué no? Tampoco sería la primera vez.

Y al igual que en la conversación, los hechos han llegado por sí solos. Del cruce de seis piernas y seis brazos, tres sexos y tres bocas. Han ido surgiendo caricias, lametones, besos. De forma indiscriminada.

Dos pollas para mí. Una vez más. Ojos llenos de deseo, bocas llenas de placer. Y entonces una de las dos pollas me ha penetrado. Lo deseaba. Lo deseábamos. Sentada sobre él, me ha abrazado atrayendo mi cuerpo sobre el suyo. La otra polla ha avanzado por mi espalda, al compás de las manos. Se ha detenido en mi culo. Pensaba que sabía lo que iba a suceder. Lo esperaba.

Y de pronto sus ojos se han cruzado. No ha sido un pedir permiso sino un reto compartido. Un ¿lo intentamos?

Y la segunda polla ha continuado su avance. Ha chocado con la primera. Los tres sexos se han encontrado. Se han frotado. Cuatro manos me han izado. Han vuelto a bajarme. Me han acomodado. Ambas bocas me han besado y mordido el cuello. De nuevo mi cuerpo se eleva. Les siento muy cerca. Más que nunca.

Y él susurra en mi oreja. Me exige que sea yo quien se lo pida. Me siento confusa. No sé qué quiere que le pida. Tengo todo lo que quiero en ese momento. O no. Al bajarme despacio percibo una sensación nueva. Algo está ocurriendo. Me quedo quieta. Él pregunta si quiero más. No entiendo qué es pero respondo que sí. Me baja un poco más. Ahora lo sé.

Al moverse me penetra un poco más. Y las dos pollas chocan. Dentro de mi vagina.

Me estremezco. Me concentro en mis sensaciones. Tensión, pero no dolor. Estrechez. Noto un condón, y piel. Gimo “más” y les siento más dentro. Un ligero movimiento debajo de mí y el placer se multiplica. La respiración en mi nuca se vuelve más profunda. Hinco las rodillas en la cama. Me muevo despacio. Hacia atrás. Con cuidado para que la otra polla no se salga. Llevo una mano atrás y le agarro por las nalgas, apretándole contra mi pelvis. Relajo mis músculos. Desciendo un poco más. Es una sensación tan diferente.

No pido más. Aún no. Pero mi cuerpo lo pide por mí. En cada vaivén mi sexo engulle un poco más a los suyos. Mi vagina marca su propio ritmo. Ellos se adaptan dócilmente. Soy yo misma quien me voy penetrando centímetro a centímetro. Ellos esperan pacientes y se dejan hacer. Sin forzar nada. Sin moverse. Compartiendo su espacio dentro de mi.

Pronto tengo las dos pollas enteras en mi interior. Lo había visto, lo había oído, pero no lo había vivido. No hasta ahora. Y pensaba que no me iba a gustar, que causaría dolor, que sería desagradable. Me equivoqué. Mi piel erizada, mis pezones duros como piedras, las contracciones en mi sexo. Puro placer. Brutal.

No quiero pensar. Si lo hago sé que querré parar. Y realmente no hay motivo. Es nuevo, sí, pensaba que nunca lo haría, pero lo estoy haciendo. Sin pensar. Y me gusta. Me aplasto un poco más y el tercer cuerpo también desciende. Sin decir una palabra establecemos una especie de turnos. Los tres nos movemos despacio, completando la penetración. Nunca me había sentido tan poseída.

Entonces ellos aumentan el ritmo. Primero uno y luego el otro. Ahora soy yo la que me quedo quieta. Siento las dos pollas que entran y salen de mi vagina. Oigo como en la distancia mis propios gemidos. Oigo los suyos, y las palabras que me dicen. Morbo en estado puro. Me están follando los dos a la vez. Estamos disfrutando los tres. No puedo evitar empezar a moverme más rápido. Ellos responden y se acoplan a mi nuevo ritmo. Grito. Paran asustados. Me observan. Esperan una señal, algo que les indique que quiero parar. Pero no, mi grito no ha sido de dolor, sino de excitación. Sigo cabalgando. Ahora con menos miedo a que salgan de mí. Reanudan sus balanceos. Sus voces. Sus alientos en mi cuello, en mi nuca.

Pido más. Ahora sí sé que quiero más. Y esa tensión en mi pelvis, lejos de provocarme dolor, me resulta tan placentera que estallo en un orgasmo espectacular. Brutal.

La contracción de mi sexo alrededor de los suyos los expulsa. Y una vez vacía, caigo desmadejada. Me tumban con cuidado y se ponen uno a cada lado de mi cuerpo. Retiro el condón, tomo un miembro con cada mano y compruebo por mí misma que su grado de excitación es similar al mío. Pocos instantes después los dos se corren, casi al unísono, echándome toda la leche por las tetas. Me arqueo sintiendo un enorme placer.

Me siento guarra. Muy guarra. Pero había decidido no pensar y no voy a hacerlo. Me ha gustado. Mucho. No tiene sentido negarlo. Pensaba que nunca lo haría pero ha ocurrido. Quiero quedarme con ese momento, con esa sensación. Sacudo mis pensamientos con una mano y me pongo en pie. Siento el temblor de mis piernas camino del baño. Me apoyo en el lavabo para lavarme. Veo mi imagen reflejada en el espejo, casi desnuda, con las medias y los tacones. Y me sacude el recuerdo de lo que acaba de ocurrir. ¡Brutal! Es todo lo que puedo y quiero pensar ahora.

viernes, 28 de marzo de 2014

¡Documentación!

Hoy toca ficción... dedicado a unos buenos amigos, que desde que leyeron este relato en un concurso han empezado a ver la carretera con otros ojos ;-)

 
Juraría que no iba tan rápido. No suelo correr al volante y no llevábamos prisa. De hecho, Álvaro había sugerido meternos por aquella carretera secundaria para evitar posibles atascos y como nos daba igual llegar a una hora que a otra la idea me pareció buena. Hacía rato que íbamos solos por la vía. Por eso cuando el coche verde y blanco apareció en mi retrovisor con las sirenas puestas hasta me asusté. Y cuando nos adelantó haciendo señas para que paráramos miré a mi somnoliento copiloto con cara de asombro. "¿Qué has hecho?" me dijo medio dormido. No me quedó más remedio que responder con sinceridad. "Ni idea". Me eché a un lado y paré en un ensanchamiento junto a unos árboles, tal como me indicaban.

Menos mal que el rostro que apareció junto a la ventanilla y tras saludar solicitó la documentación del vehículo al menos era agradable. Fuera de aquella situación incluso hubiera podido pensar que era guapete y todo. Pero claro, no estaba yo como para ese tipo de evaluaciones en ese instante. Le pedí a Álvaro que sacara de la guantera los papeles del coche y se los entregué al agente con mi mejor cara de niña buena mientras le preguntaba por el motivo de "mi detención". Con una ligera sonrisa me informó de que no estaba detenida, lo cual yo ya sabía, claro, y me explicó que me había saltado un Stop pocos kilómetros atrás.

Para mis adentros tuve que reconocer que no había visto ningún Stop desde hacía mucho rato así que si éste realmente existía era seguro que me lo había saltado... Pero ¿cuándo? No recordaba ningún cruce... ¿dónde, dónde...? "Que dónde tienes el carnet de conducir, que te lo están pidiendo???" me increpaba Álvaro sacándome de mis pensamientos. Reí nerviosa "Pues en la cartera, claro, en el bolso... jeje el que has insistido en meter al maletero, ¡glups!, espera..." Tal vez veo mucha tele pero me pareció oportuno informar al agente de mis intenciones y dirigiéndome a la ventanilla le dije "Señor guardia, ahora voy a salir del coche y voy a abrir el maletero pero no se preocupe que lo único que voy a hacer es buscar mi carnet, se lo prometo". Ahora su sonrisa fue más abierta, aunque no tanto como la suave carcajada de mi chico.

Abrí la puerta (sí, lentamente y con cuidado, manteniendo en todo momento mis manos al alcance de su vista) y procedí, en compañía del guardia, a abrir el maletero. O al menos a intentarlo porque con los nervios me había dejado las llaves puestas. El agente me dijo algo así como "tranquila, que no pasa nada" y él mismo pidió a Álvaro que saliese a echarme una mano. En ese momento se nos unió su compañero de patrulla que preguntó "¿algún problema?". El primer agente negó con la cabeza y explicó la situación mientras yo ¡por fin! localizaba mi carnet.

Se lo entregué y esperé pacientemente las necesarias comprobaciones, mientras seguía dando vueltas al dichoso e invisible Stop. En una de dichas vuelta mis ojos se posaron sobre el agente cuya mirada en ese momento estaba indecentemente clavada en mi escote. Al verse sorprendido enrojeció visiblemente y balbuceó una disculpa, lo que hizo que Álvaro se percatara de la situación. Pensé en montar el pollo, en mostrarme ofendida a ver si con un poco de suerte se avergonzaba y me evitaba la multa. Y estaba a punto de hacerlo cuando la mirada de Álvaro se tornó en lujuriosa y recordé el montón de veces que, confesándonos fantasías mutuas, le había contado mi fascinación por los uniformes y mi deseo de montármelo con un "picoleto"... tanto lo habíamos hablado que incluso me había prometido regalarme para algún cumple el cumplimiento de aquella fantasía... ¡Un momento! Eso lo explicaría todo: el inexistente Stop, la insistencia de ir por aquel intransitado camino de cabras, la repentina aparición del coche patrulla, la parada en aquel punto resguardado... Y lo bueno que estaba el agente, porque ahora que me fijaba además de guapete el tío tenía un cuerpazo... Sí señor, le echaba yo un buen polvo, vamos, sin quitarle el uniforme ni nada.

Tras descubrir la sorpresita que me había preparado mi chico y tranquilizarme, ahora ya me fijé y ¡cómo le sentaba el uniforme! Estaba bueno, muy bueno, muy... Madre mía, ¡qué corte! Ahora era él quien me había pillado mirándole directamente al paquete. Recogí el carnet que me tendía amablemente y, sin pensármelo dos veces, segura de la certeza de mi teoría, le solté "Y digo yo, Señor Agente, qué habrá alguna manera de... arreglar esto... ¿verdad? ¿No debería usted... cachearme?". Deslicé una mano hacia mi pecho, me mordí el labio y me giré con gesto pícaro hacia mi chico, cuyo rostro estupefacto me hizo plantearme por primera vez si realmente aquello era mi regalo de cumpleaños.

Por un momento temí haberla liado. Volví a girarme mirando al guardia, que me miraba con curiosidad. Hubo un silencio incómodo. No sabía qué hacer, qué decir o qué esperar. Bajé los ojos pensando "tierra, trágame" pero a mitad de camino me topé con la visión de su bragueta, que comenzaba a abultarse. Deseé con todas mis fuerzas que ocurriera algo que rompiera aquella tensión. Y como Álvaro dice que yo siempre me salgo con la mía, ocurrió.

El otro guardia interrogó con la mirada a su compañero, luego a mi pareja, y como ninguno dijo ni palabra y los ojos de ambos brillaban de excitación, se dio media vuelta, se encaminó al coche y, apoyado sobre el capó, se encendió un cigarro de espaldas a nosotros.

Fue como si dijera "vía libre, tranquilos que yo vigilo". O yo al menos así lo interpreté. Seguía sin tener claro lo que estaba pasando, pero la posibilidad de zumbarme a aquel guapo moreno uniformado me estaba poniendo tan cachonda que la sangre no llegaba al punto del cerebro donde reside el sentido común. En dos pasos me situé junto al guardia, entre los dos coches, y me coloqué en lo que suponía era una buena posición para el cacheo. Sus manos recorrieron mis brazos, mis costados, bajaron por mis caderas y ascendieron de nuevo por la cara interna de mis muslos, erizando a su paso todos y cada uno de los poros de mi piel. Luego siguieron su camino hacia arriba, por encima de mi camiseta, y acariciaron mis pechos mientras yo sentía en mi nuca su agitada respiración. "Todo en orden" murmuró con una voz ronca que me excitó más aún.

Me giró y, a un metro por delante de mí, preguntó "¿No habrás bebido?" Capté la indirecta, soy una chica lista.  "Comprobémoslo" susurré agachándome y bajándole la cremallera del pantalón. Él se dejó hacer, dejó que sacara su miembro y empezara a masturbarle, en silencio y sin moverse. Acerqué mis labios y abrí la boca, metiéndome su miembro cuanto pude. Comencé a chupársela ante la atónita y divertida mirada de Álvaro, que se acercó a nosotros y me levantó la camiseta, acariciando mis pechos expuestos. El guardia me levantó y le imitó. Pronto pasó de las caricias con la mano a las caricias con la lengua. Y esta vez fue mi chico quien le imitó. Con dos bocas dando placer a mis tetas no pude evitar empezar a gemir. Una mano bajó hacia mi cintura y sentí cómo la cremallera de mi pantaloncito bajaba y unos juguetones dedos avanzaban hacia mi sexo. Me estremecí, sentía mi coño palpitar.

Entonces Álvaro me giró dejando al guardia a mis espaldas y se agachó delante de mí. De un tirón me bajó el pantalón y las bragas hasta las rodillas, al tiempo que el moreno me estrujaba las tetas y me mordía en el cuello, provocándome un intenso placer. Él abrió los labios de mi vagina y los recorrió con la punta de la lengua. La polla del agente se clavó en mi desnuda nalga. Estaba a punto de correrme cuando Álvaro se incorporó y me dio la vuelta, obligándome a inclinarme de nuevo ante el erecto miembro del guardia. Continué con la interrumpida felación, oyendo sus jadeos apoyado en el coche. Allí de pie, con sus botas y su uniforme. Y su polla invadiendo mi garganta. Y Álvaro detrás de mí, agachado, abriendo mi sexo con las dos manos, chupando y golpeándome el clítoris con la lengua, lamiendo mi rajita hasta que, esta vez sí, me corrí entre sacudidas en su boca.

Aunque yo hubiera seguido comiéndosela, y seguro que no por mucho rato a juzgar por lo gorda y dura que se le había puesto, el guardia me cogió la cabeza, me separó de él y, llevándose una mano a la espalda, sonrió. Balanceó ante mis ojos un par de esposas y preguntó "¿y esto también te gusta?" El murmullo de aceptación no salió de mi garganta sino de la de mi vicioso compañero, que pudo ver cómo el agente me inclinó sobre el capó, caliente bajo mis senos, me puso las manos a la espalda y las cerró con un click alrededor de mis muñecas.

Oí cómo rasgaba el envoltorio de un condón y poco después se inclinó sobre mí. Percibí claramente su aroma cuando, utilizando una pierna, separó las mías lo poco que mi short daba de sí. Sujetando mis esposadas manos, llevó una mano a mi entrepierna y me metió un dedo. Lo movió dentro de mí, volvió a sacarlo y metió dos. Los movió con rapidez haciéndome aullar de placer. De nuevo la humedad bajó por mis piernas. De nuevo sacó los dedos y esta vez su pene me penetró. Tirando de las esposas, comenzó a follarme lentamente, haciéndome chocar contra el capó en cada empujón. Álvaro, a mi lado, me acariciaba la espalda ronroneando mimoso de excitación. Llegué al orgasmo antes que él. Solté un grito. Mi cuerpo se arqueó y aplastó contra el capó sin que parara de embestirme. Cada vez más rápido, más intenso, más dentro... hasta que finalmente estalló en mi interior.

En cuanto se quitó el condón y se limpió me soltó las esposas, me ayudó a colocarme la ropa, saludó educadamente, volvió a su coche en el que ya esperaba su compañero y desaparecieron sin más.

Álvaro, aún a mi lado, me abrazó y me preguntó qué tal. "Bien" respondí con un guiño. "Gracias, ha sido un buen regalo adelantado de cumpleaños". Se echó a reír y me dijo "Mira, podía aprovecharme de la situación y quedar estupendamente pero me temo que no tengo nada que ver con esto. Ahora, que has salido ganando, el chico con el que yo había contactado no te hubiera gustado tanto y además... ¡te has librado de la multa!".

lunes, 10 de marzo de 2014

MHM

Esta vez fue diferente. Y fantástico. En ambos sentidos. Porque lo fue y porque se trataba de cumplir una fantasía. Pero esta vez, de L.

Ya hace tiempo que me lo venía diciendo: “Me gustaría mucho verte con otra pareja, a ti sola”. A mí la idea no me disgustaba pero no sé, se me hacía raro. Me gusta que participemos los dos. Y cuando alguna vez he jugado con alguien sin estar L. presente ha sido siempre con una sola persona. Tampoco lo habíamos evitado, ni buscado… simplemente no se había dado la oportunidad.

Por eso cuando se dio, la aprovechamos. Estábamos los cuatro charlando, juntos, yo entre los dos chicos. Ella al otro extremo. Él me rozó, con más o menos intención. Ella se acercó y me besó, colocándose al lado de L. Pero, en contra de lo habitual, él se separó ligeramente y nos miró. Vio cómo yo la acariciaba. Y ella a mí. Y su chico a las dos. Y L. sin mover un dedo, sonriente, contemplándonos. Se echó un poco para atrás, apuró su cerveza y respondió a mi muda pregunta. “Sí, todo va bien… pero me gusta veros así… ¿recuerdas algo que teníamos pendiente? Me gustaría mucho verte con otra pareja, a ti sola”.

De repente me siento perdida. Como si fuera la primera vez que me veo en una de esas. Aunque sí, es la primera vez de forma inesperada. Y después de tanto tiempo “casi retirados”. Sinceramente, me pilla por sorpresa. Igual que la reacción de ella que, ante las palabras de L. me agarra por la nuca y me besa metiéndome la lengua hasta la campanilla para, acto seguido, bajar lamiendo mis pechos a morder mis pezones. Coloca las manos en mis muslos y los abre con fuerza. Luego se lanza a mi sexo y lo lame con ansia. Su chico, con mucha más calma, se une a la fiesta acariciando y lamiendo también mis pezones.

Yo hago lo que suelo hacer cuando me siento algo confusa… me dejo llevar. Sin tomar yo ninguna iniciativa disfruto de sus caricias, de sus bocas y sus manos, sin perder el contacto con los ojos de L. Poco a poco me relajo y mis manos se ponen en marcha. La derecha acaricia el pelo de esa chica tan bonita. La izquierda escala por el pecho del chico, por su cuello y su cara, que se gira para apresar uno de mis dedos entre los labios.

De pronto la puerta se abre y aparece un tío polla en mano. ¡Qué falta de respeto! Decidimos irnos a otra zona más íntima.

El atractivo moreno me pide que me suba a la cama. Ella retoma su posición anterior, entre mis piernas, y sujetando mis tobillos me come el coño como solo una mujer sabe hacerlo. Echo la cabeza atrás y me siento morir… de gusto. L. continúa como espectador a pocos centímetros de nosotros, sonriente. De vez en cuando alarga la mano y nos acaricia a la chica o a mí, pero ese es todo el contacto que busca.

Entonces el chico se pone de pie detrás de ella y baja una mano a su entrepierna. Siento como su cuerpo se contrae, como sus labios se tensan en torno a mi clítoris. Me roza con la lengua y los dientes y hunde su nariz entre mis labios. ¡Diosssss, es fantástico! Oigo un chorro de agua caer justo al mismo tiempo que sus pequeñas manos atenazan mis tobillos, luego se relaja, sin dejar de chupar mi sexo. El chico sonríe y reinicia sus movimientos. De nuevo líquido caer. A borbotones. Ella se estremece y abre un poco más las piernas. Entonces el chico acerca a ella sus caderas y siento cómo la penetra. Sus movimientos repercuten directamente sobre mí. La folla sin que se aparte un solo milímetro de mi coño, embistiéndola y ella a mi hasta que, de nuevo, oigo el squirt.

Sólo entonces se incorpora y el chico aprovecha para hacerme bajar de la cama y girarme. Ahora estoy de pie, con las piernas estiradas y las tetas y la cara apoyadas contra la cama. La mano masculina se posa en mi espalda y de reojo veo como ella le ayuda a ponerse un condón. Luego le acaricia mientras él agarra mis manos, coloca mis brazos por detrás de mi cuerpo y sujetándome las muñecas me penetra. Grito. Aúllo. Varias manos me acarician, no las que siguen aferrando mis muñecas. El chico jadea y me penetra, sin prisas, parece consciente de que el tamaño de su miembro puede llegar a hacerme daño en esa postura.

Ella se acerca a mi boca y me muerde el labio con dulzura. Luego sus ojos se dirigen de nuevo a mi espalda, a su chico, que sigue follándome.

Me la saca y empieza a jugar con sus dedos. Resulta algo brusco para mí y L. se da cuenta. Entonces interviene. Me acaricia y el chico se echa a un lado. Se coloca delante de mí. Su chica se agacha y empieza a felar su miembro. Los tres nos acariciamos, nos lamemos. L. sigue a mi espalda, me introduce un par de dedos y los mueve como él sabe. Yo me agito. Sé lo que va a pasar. Mi orgasmo no es tan caudaloso como el de la otra chica pero llega también con fuerza. Estoy muy excitada. L. lo sabe y se aprovecha de ello, en el buen sentido. Empieza a jugar con mi culo y antes de que pueda darme cuenta es su polla quien se abre camino. Grito de nuevo y jadeo, sin poder evitarlo. La chica se da cuenta de lo que ocurre y, con los ojos brillantes de excitación, me pregunta si me está dando por detrás. No necesita que responda. Lo ve perfectamente. Creo que le excita sobremanera pues de repente su mano baja a acariciar mi sexo, su boca me recorre. Me morrea ronroneando, chupa mis tetas y muerde mis pezones. Mientras su chico la toca y casi de forma inmediata se corre de nuevo entre aullidos de placer.

L. sale de mí. Vuelve a sentarse al lado. El chico se acerca a mi espalad pero lo siento, tengo que cambiar de postura. Me tumba sobre la espalda y ahora es él quien baja a lamer mi sexo. Su chica mientras vuelve a meterse su polla en la boca al tiempo que L., sin moverse del sitio, acaricia sus pechos.

No puedo más. Creo que voy a estallar. Mi agotamiento debe ser evidente porque de pronto, a una señal de ella, él levanta la cabeza y vuelve a penetrarme. Ella sonríe y se lanza sobre mis tetas mientras me abraza y me pide que me corra. L. sujeta mi mano con fuerza y yo sé que ya es inminente. Me corro. De forma intensa. En medio de los dos. Al lado de L. ¡¡Tiempo!! Todos necesitamos recuperarnos. Y reponer líquidos. Salimos juntos de la habitación. Fantasía cumplida. Una más. O una menos.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Light

Nos tumbamos a su lado. En ese momento él está sobre ella. Sus embestidas hacen que ella ruja, grite, gima y se retuerza de placer. Me excita mucho verlo y no he podido evitar quedarme mirando mientras nos desnudábamos. Sus cuerpos desnudos se entrelazan. Él eleva las piernas femeninas por encima de sus propios hombros y sigue penetrándola, implacable. Se incorpora quedándose de rodillas, aún sujetando las rodillas de la chica. Ella se agarra a la sábana, estrujándola entre sus dedos. Esos gemidos me están poniendo a cien.

Entre medias, se oye "plas plas", los muslos de él chocan contra su redondo culo. Me abalanzo sobre L. que acaba de terminar de desnudarse. Tras besarnos con ansia baja a comerme las tetas. Sus labios me hacen enloquecer. Luego esa misma boca sigue descendiendo hasta mi sexo. De reojo miro a nuestros vecinos de cama. También él se ha situado entre las piernas de su chica y se dispone a saborearla. Disfruto de la visión tanto como de mi propia sensación. Me gusta verla agitarse, temblar, ver su cara de satisfacción, oír sus jadeos.

La lengua de L. encuentra el punto justo. Inicia un jugueteo de lo más sensual, deslizándose y dando pequeños toquecitos. Luego se introduce en mi vagina y al salir siento su aliento en mi coño.

El chico de la otra pareja nos mira también. Habla con la mujer y cambian de postura. Él se tumba sobre su espalda y ella se inclina y empieza a chupársela. La mano masculina avanza unos centímetros hasta rozar mi piel. Con mucho cuidado para que no crea que rechazo el contacto, hago una señal a L., que por unos momentos levanta la mirada y me sonríe mostrando su acuerdo. Continuamos los cuatro igual hasta que me sobreviene el orgasmo. La mano del chico acompaña mis movimientos.
L. se tumba a mi lado. Descanso unos momentos y luego me incorporo. Quedo sentada entre los dos hombres. Apreso el miembro de L. y comienzo a masturbarle. De vez en cuando me inclino y lo meto entre mis labios. Poco a poco comienza a responder a mis caricias. Oigo a la otra chica succionar la polla de su pareja y la acompaño. Él aún me roza con la yema de los dedos la espalda y las nalgas.

Ahora son ellos quienes cambian de postura. De nuevo ella se tumba y él, de rodillas entre sus muslos, la penetra con violencia. Ella se arquea y aúlla. Sus pechos rebotan con sus empujes. Mi chico acerca una mano. Ella no le rechaza. L. se levanta y se acerca un poco más. Yo rozo su cuerpo muy suavemente. Tampoco me rechaza. Él me atrae hacia su cuerpo, sin dejar de follarla. Me acerco. Pronto los cuatro intercambiamos caricias. Ella de nuevo grita mientras se corre. No puedo evitar acercar la mano a su húmedo y palpitante coño. Él sujeta allí mis dedos un instante, luego saca la polla y espera. Yo muevo un centímetro mi mano y la toco. Gime.

Cierro mis dedos en torno a su miembro y los presiono ejerciendo fuerza. Él se inclina a chuparme una teta, su mano acaricia mi sexo entrando entre mis piernas desde atrás. Mientras le masturbo veo de reojo como la otra chica se gira y le hace a L. una felación. Él jadea y la acaricia. Una vez más no sabría decir si es esa boca en mi pezón, los dedos en mi coño, mi mano en su polla o ver a L. disfrutar con otra mujer pero mi excitación se vuelve casi insoportable. Me agito y susurro un suave “siiii” en su oreja, al tiempo que me dejo ir. Y entonces él se corre, impactando con su leche en mi ombligo. Queda quieto. Retiro su cabeza de mi pecho y le sonrío.

Los dos nos sentamos y observamos a nuestras parejas. Poco rato. Por la manera de moverse de L. sé que está a punto del orgasmo. Y efectivamente veo cómo retira la cabeza de la chica y poco después, paran.

Quedamos los cuatro allí tumbados, entre las mojadas sábanas. Sonrientes. Con esas expresiones que fuera de esa situación es difícil de ver todas juntas. Mezcla de satisfacción, gusto, cansancio, miradas cómplices, caricias furtivas, búsqueda de los ojos de tu pareja, risas sofocadas… hasta que alguien rompe el hielo y pregunta ¿qué tal? Y las risas se hacen patentes, las caricias abiertas, las miradas directas y casi al unísono se oyen varios “mmmmmuyy biennnn”. Charlamos unos minutos, esas encantadoras charlas “post-polvo” en las que no se dice nada y se dice todo… y poco a poco nos vamos levantando, vistiendo, despidiendo… sabiendo que un par de minutos después nos buscaremos en otro punto del local.

Efectivamente. Cinco minutos más tarde, “casualmente” coincidimos los cuatro en el piso de abajo, junto a la barra, pidiendo unas copas que, por supuesto, iremos a saborear juntos a una mesa. Y charlamos de nuevo de nada y de todo. Y nos presentamos, hablamos de nosotros, nos miramos, nos reímos… y por fin ella acerca a mí su cabeza y, con un puntito de timidez, me pregunta “perdona pero... ¿vosotros sois light?”  Sonrío pícara “no necesariamente” y ella entiende. Y creo que en el fondo lamenta no haberlo preguntado antes. Y yo siento un poco que no lo haya hecho. Pero sólo un poco. Porque hoy ha salido así, ahora es como si quedaran “cuentas pendientes”. Reímos ante la mirada de nuestros chicos que no han oído su pregunta. Alza su copa y brinda “¡por la próxima!”. “¡Por la próxima!” repito yo copa en mano.

Llegamos a casa de madrugada. Cuando al día siguiente entro en la web del local tenemos una solicitud de amistad nueva… los recuerdos estremecen mi memoria y dibujan una sonrisa en mi cara.

lunes, 17 de febrero de 2014

Paréntesis

Estas semanas de nuevo ha habido aventuras, alguna de ellas seguro que os la cuento ;-)

Mientras tanto, os dejo con un relato de ficción, aunque bien podría ser autobiográfico. Espero que lo disfrutéis también.



Había vuelto. Tras el torbellino en que se había convertido su vida en los últimos meses y que había estado a punto de engullirla, hoy estaba decidida a relajarse. Iba a ser solo un paréntesis, lo sabía. Pero lo necesitaba.

Desconectó el móvil y se desnudó. Luego se puso el diminuto bikini, contemplándose en el espejo del vestuario. No le gustaba cómo le quedaba, había adelgazado demasiado. El puto estrés. Lástima que en la pequeña piscina no estuviera permitido el nudismo, eso hubiera sido perfecto. Pero nada es perfecto y aunque no parecía probable que apareciera nadie, pasaba de complicaciones, bastantes tenía ya. Aún con bañador aquello rozaba la perfección. La música, el agua y su piel. Y la soledad, ¡por fin! Por eso le gustaba subir de madrugada, por eso había subido hoy.

Caminó hasta el borde de la piscina y probó el agua con la punta del pie. No por nada especial, pensaba meterse de cualquier modo, pero no quería sorpresas. Hoy no. Hoy, para variar quería saber qué iba a ocurrir, tener la situación bajo control. Se metería en el agua, haría unos largos, se sentaría delante del chorro a presión para que la fuerza del agua desentumeciera sus contraídos músculos y flotaría sin pensar en nada hasta conseguir desconectar. Sin más.

Se permitió el lujo de poner música, eligió cuidadosamente hasta encontrar justo lo que buscaba. Sonrió repitiéndose a sí misma, como un mantra... "desconexión, desconexión...". Miró a su alrededor una última vez. Sí, música, su piel y... ¡al agua! Se zambulló con elegancia. El contraste con el agua le provocó un suave escalofrío. Nadó hasta el borde opuesto y regresó. Empezaba a sentirse viva otra vez, dueña de su vida.

Repitió la operación. Un par de largos más. Luego se quedó flotando y contempló las luces de la ciudad a través de la cúpula acristalada que cubría el recinto. Sin variar su postura se deslizó en dirección al chorro. Ahí afuera estaban todas sus preocupaciones, su agenda, sus citas y compromisos, sus sinsabores y problemas. Pero aquí estaba sola, su música, su agua y su piel.

Cuando llegó frente al chorro bajó las piernas y se asió al bordillo. El agua impactó con fuerza en su esternón. Se movió despacio para recibirla por todo su pecho. ¡Qué sexy! pensó acompañando su ondulación con una sonrisa traviesa. Se giró levemente y su pecho izquierdo se encontró con el chorro. En contra de lo que había supuesto, le gustó la sensación. Mantuvo la postura sintiendo como el chorro purificador se llevaba sus malos rollos y le provocaba una erección en el pezón. Cerró los ojos y repitió la operación con su seno derecho.

Inconscientemente soltó una mano y la llevó a su sumergida entrepierna. Mmmm aquello sí empezaba a sonar a desconexión y relax. Se acarició mimosa por encima del bikini. Una pena que el chorro estuviera tan alto, aunque sus pezones lo estaban agradeciendo. Aún con los ojos cerrados metió la mano bajo la braguita y acarició su depilado sexo. Aunque evidentemente estaba sumergido en el agua y era difícil hablar de que estuviera mojada de excitación, la corriente que descendió por su columna vertebral le confirmó que además del agua clorada de la piscina otras humedades se encontraban presentes. Recorrió suavemente la separación entre sus labios inferiores mientras sus dientes mordían también un labio inferior, el de su boca.

Cuando su dedo alcanzó y presionó su clítoris se le escapó otro gemido, apenas audible con el ruido sordo del chorro sobre sus pechos. Siguió masturbándose, aumentando el ritmo, con respiración alterada y gemidos apenas audibles. Al llegar al orgasmo tensó las piernas contra la pared de la piscina y dejó caer la cabeza hacia atrás pero ni aún entonces abrió los ojos. Quedó quieta en silencio, disfrutando del momento, hasta que recuperó la respiración.

Entonces abrió los ojos. ¿Qué había hecho? ¿Lo había soñado o acababa de masturbarse en la piscina? ¿Ella?

Definitivamente había perdido la razón, eran pocos vecinos y era muy improbable que apareciera ninguno a esas horas pero podía haber ocurrido. Podían haberla pillado... ¡qué bochorno! Estaba loca. Y le importaba un pimiento. Se sentía más viva que en todas las semanas anteriores juntas. Solo por esa sensación merecía la pena haber corrido el riesgo. Se echó a reír y el sonido de su carcajada le causó una gran extrañeza. No sólo por romper el silencio sino porque no recordaba la última vez que se había reído con ganas. Debía de hacer semanas, tal vez meses. Desechó los pensamientos negativos sacudiendo la cabeza. No era el momento. Había salido de su pozo y quería disfrutar de ese "su momento".

Nadó un poco más, un par de largos... Pero la verdad es que no le apetecía demasiado, regresó remolona hacia el bordillo y se tumbó de nuevo flotando boca arriba con las manos asiendo la barra de la escalerilla. El silencio volvió. Y con él la calma. De nuevo era capaz de oír su música y dejarse llevar por ella. Dejarse llevar por el momento...

Percibió a lo lejos unas suaves pisadas que parecían acercarse. Deseó que fuera él. No había querido despertarle. ¡Pobrecito! Al menos a él el estrés no le provocaba insomnio. Era en lo único que no la había acompañado durante aquella dura etapa. En las noches en blanco. Solía caer derrotado cada noche nada más rozar las sábanas. En los momentos bajos ella pensaba que había dejado de desearla. En los lúcidos era consciente del agotamiento que él debía sentir y que resulta casi siempre tan mal compañero del sexo. Se decía a sí misma que todo volvería a ser como antes, incluso las interminables sesiones de sexo que acababan con los dos extenuados de satisfacción. Paciencia...

Sin atreverse a abrir los ojos más que una rendija comprobó a través de sus pestañas que su deseo se había cumplido y le inundó una inmensa alegría. Esperó. Olió su inconfundible aroma instantes antes de que un dulce beso se posara en sus labios. Sin verla, sintió su sonrisa y entreabrió su boca. Él la besó de nuevo, esta vez jugando con la lengua en sus dientes. Luego se separó y ella escuchó un leve rumor de ropa al caer, seguido de una zambullida.

No se atrevía a moverse. Esperó paciente hasta que unas manos rozaron sus pies y ascendieron con cuidadosas caricias por sus piernas, aún flotando en el agua. Rodeando sus caderas desde un lado, las caricias pasaron por su abdomen y llegaron a su pecho. Una voz susurrante junto a su oído le confesó haber visto su juego con el chorro, haber seguido atentamente el movimiento de su mano bajo el agua y haberlo acompañado rítmicamente en la distancia. El relato le produjo una gran excitación y volvió a sentir cómo su respiración se alteraba y su cuerpo respondía.

Soltó una mano para acercarla a él pero un suave "No, solo yo" le hizo retomar su postura obedientemente. Él introdujo la mano bajo el bikini y acarició su pezón, primero suavemente, luego pellizcándolo. Ella se estremeció. Le subió la tela dejando ambos pechos al descubierto, con los pezones apuntando al techo de cristal, y se inclinó sobre ella para meterse uno en la boca. Ella gimió. Con la otra mano retiró la braguita a un lado y acarició su clítoris sin dejar de lamer y morder su pezón. Separó ligeramente las piernas, quería más, le quería a él. Pero daba la impresión de que él tenía otros planes. Jugaba ya con un par de dedos en su sexo. Ella se estremecía de tal manera que ya no conseguía flotar. Involuntariamente bajó las piernas sin saber muy bien cómo hacerlo, con miedo a que él lo considerara una negativa y dejara de acariciarla.

Nada más lejos de su intención. Sin dejar apenas espacio entre ellos la llevó contra la pared de la piscina, arrinconándola junto a la barandilla y prosiguió en aquella postura. Pronto sintió cómo la penetraba un dedo, más tarde dos, mientras se besaban apasionadamente, con las manos aún sujetándose al bordillo. Los jadeos sonaban atenuados por la música. Estaba a punto de correrse, y así se lo dijo a él. Y entonces, inesperadamente, él paró.

Sorprendida y enfadada iba a reprocharle semejante grosería pero no le dio tiempo. Él la izó con facilidad sentándola en el borde con los pies en el agua y acto seguido retiró de nuevo su braguita a un lado y enterró la cabeza entre sus piernas. Aún sorprendida pero ya sin pizca de enfado llevó ambas manos a su cabello y acompañó excitada sus movimientos marcando el ritmo hasta que le sobrevino el orgasmo. Fuerte, intenso, violento incluso, sacudió todo su cuerpo. Se corrió en su boca lanzando un grito ahogado. Sin soltarle la cabeza se inclinó hacia delante y le besó, saboreando sus propios jugos mezclados con el delicioso sabor de su boca.

Empezó a maquinar cómo corresponderle pero él de nuevo le tomó la delantera. Casi de un brinco salió del agua dejando ver lo que a ella le había pasado inadvertido hasta ese momento: su completa desnudez, y su potente erección. La besó de nuevo al tiempo que la tumbaba junto al bordillo y rodó con ella hasta situarse por debajo de su cuerpo. La levantó cogiéndola por el culo y cuando volvió a sentarla a horcajadas sobre él, la penetró sin miramientos haciéndola gritar. Ella apoyó las manos en sus hombros y ambos empezaron a moverse acompasadamente. Con cada embestida ella sentía su miembro crecer en su interior. Jadeaban. Gemían. Suspiraban. Ella cabalgaba sobre él sudando. Él temblaba arqueando su cuerpo mientras entraba y salía de ella. Cada vez más fuerte. Cada vez más rápido. Cada vez más. Como antes.


Cuando sintió sus piernas tensarse y su polla estallar echó la cabeza atrás y le recibió bajo aquella cúpula de cristal y aquel cielo estrellado. Se alegró de haber vuelto. De haber hecho aquel paréntesis. Y se rió con ganas. Otra vez. Su carcajada retumbó. Ya no le importaba que les oyeran, que les descubrieran. Una vez más, tras aquellas desastrosas semanas, sus planes habían salido al revés: ni soledad, ni relajación, ni todo controlado... Y sin embargo esta vez, no le importaba lo más mínimo.

jueves, 6 de febrero de 2014

5-2

5-2. No. No hablo de la Liga. Ni de la Copa. Ni de la Champions League. Ha sido el resultado de hoy. Nina 5, resto 2.

Como en los Derbys, el primero no se ha hecho esperar. Escenario: cuarto oscuro. Yo en el centro del área, rodeada de tres chicos. Uno a mi espalda, otro ante mí y el tercero en un lateral. Detecto peligro en la zona. El moreno del lateral presenta una considerable erección. Llevo la mano a su polla y empezó a acariciarla. En breves momentos anuncia una inminente corrida. El que avisa no es traidor. Recibo su estallido de leche en mis tetas y abandona el campo de juego. Lástima, me había gustado ser devorada por tres bocas a la vez, dos en mis tetas y una en mi sexo. 0-1. Voy perdiendo. O ganando. Según se mire.

Unos minutos después agarro a J. de la mano y me lo llevo a la cama redonda. Cuando llegamos me paro, subo sus manos a mis pechos y le ánimo a masajearlos. Lo hace mientras me besa el cuello. Luego me gira y sigue acariciando mi cuerpo. Su boca me inunda de besos. Al contacto con esa lengua me es inevitable recordar lo que pasó hace justo una semana. Esa forma de besarme, de tocarme, de... de comerme el coño... eso fue lo mejor, sin duda.

Me lee el pensamiento. Con cuidado me empuja hacia atrás hasta tumbarme. Me veo en el espejo del techo. Y veo su espalda. Su pelo moreno sobre mi sexo. Noto sus labios abriendo mi vagina y la punta de su nariz presionando mi clítoris. Otra vez. Me preparo para lo que sin duda está a punto de ocurrir.

L. se nos ha unido ya. Arrodillado junto a mi cabeza me acaricia y sonríe complacido ante mi expresión de placer. Sabe lo mucho que esa misma boca me hizo disfrutar y las ganas que tengo de repetir. Subo los brazos y alcanzo su pene. Lo recorro con mi mano, lo acerco a mi cara, lo apreso entre mis labios. Empiezo a chupar con ganas. Él se inclina y roza uno de mis pezones con la lengua. Comienza a mover la pelvis follándome la boca con un suave vaivén.

J. continúa haciéndome disfrutar con su hábil lengua, imprimiendo a sus movimientos un ritmo cada vez más rápido, como las contracciones que empiezan a recorrer mi cuerpo. Me aferro a las caderas de L. Le atraigo más aún hacia mí. Entra y sale de mi boca, una y otra vez. Dirijo una mano a sus huevos y los acaricio. Luego subo hacia su culo. Masajeo la zona del perineo, sé que le excita mucho. Luego acerco un dedo y presiono ligeramente. Él gime y se aplasta contra mi boca. Insisto. La punta de mi dedo se hunde en su interior. Un escalofrío recorre mi espina dorsal. La lengua de J. golpea mi punto más placentero, la polla de L. invade mi boca y mi dedo explora su intimidad. Todo a la vez. Al mismo compás. Una sensación indescriptible me sacude. Estoy muy, muy cachonda.

En uno de los movimientos de L. alcanzo a ver nuestro reflejo en el techo. Esa visión, junto con todas las sensaciones en mi piel termina por provocarme un fantástico orgasmo que arquea mi cuerpo entre mis dos acompañantes. Hacía tiempo que no me quedaba tan a gusto. Caigo desmadejada y sonriente. Ellos se retiran un poco, lo justo para dejar que me incorpore, y se sientan junto a mí en el centro de la cama. 1-1. Empate.

Gateo hasta quedar al lado de J., mientras L. se sitúa a mi espalda. Beso su boca, bajo por su cuello y continúo hacia su pezón izquierdo, que pellizco suavemente entre mis labios. Gime con respiración alterada. En mi trayecto encuentro su ombligo, y poco más abajo su pene. Lo acaricio con la lengua, sujetándolo con firmeza entre mis dedos. J. echa la cabeza hacia atrás y se deja hacer. Le masturbo observando con satisfacción cómo responde, cómo su polla se muestra cada vez más dura, más grande y firme.

L. entretanto acaricia desde atrás mis pechos y me besa en la espalda. Una de sus manos baja despacio a mi entrepierna. Me mete dos dedos en el coño y los mueve. Abro más las piernas. Me gusta. Aún estoy muy mojada, y sé lo que L. busca. Justo en ese momento J. detiene mi mano y se arrodilla también a acariciarme. No sé por qué no me deja seguir disfrutando de mi juguete, tal vez no quiera correrse aún. Sí, supongo que será eso. Entonces intercambian sus posturas. De pronto es L. quien yace tumbado delante de mí y J. el que accede a mi cuerpo desde detrás. Me quedo de rodillas, con la falda aún enroscada en la cintura, las medias y las botas.

Los dedos de L. continúan su tarea, aumentando el ritmo. Mi cuerpo tiembla. J. me sujeta sin dejar de mimarme y de pronto estallo. Mi cuerpo vibra y lanza un breve pero potente chorro que impacta sobre la mano de L., moja las rodillas de J. y resbala por mis muslos hasta la cama. 2-1 ya.

Sin apenas darme tiempo a recuperarme, L. vuelve a hacerlo. Esta vez el chorro es más largo, mi placer más duradero. Los espasmos se reparten por toda mi anatomía durante varios segundos. Aún a mis espaldas, J. ríe mientras secamos la empapada cama. 3-1.

Tiempo muerto. Necesito reponer líquidos. Y saborear una cerveza.

Segunda parte. L. y yo solos. Me comenta lo mucho que le ha excitado verme correrme en la boca de J. "¿Crees que podrías repetirlo?" pregunta travieso. "No lo creo, estoy agotada... pero que no se diga que no lo intentamos", sonrío. Nos vamos de nuevo a la cama. Me siento en el borde y me acaricia la vulva. La abre utilizando ambas manos. Recorre la rajita con la yema de sus dedos, acaricia mi clítoris, explora con calma toda el área y finalmente hunde en ella su cara, su nariz, su boca y su lengua. Me penetra al tiempo que me masajea. Con los dedos, con la lengua. Mordisquea con sus dientes mi botoncito. Lo succiona con los labios. Empiezo a perder el contacto con lo real. Me siento como flotando. Me abandono al placer de tan buena comida y no tardan en aparecer el calor, los temblores, la tensión en mi piel erizada que voy a necesitar resolver. Urgentemente. Grito y mi cuerpo se contrae al correrme. Se me corta la respiración y por un momento todo parece detenerse. Luego de repente, vuelvo al mundo terrenal. Ufff, qué relajación. 4-1. ¡Menuda paliza me están dando!

L. me gira, me pone a cuatro patas y me penetra. Estoy aún sensible, recuperándome del orgasmo de hace solo unos minutos (y del resto de la jornada) pero aun así disfruto de sentir su miembro dentro de mí. Con las manos en mis caderas me balancea, haciéndome rebotar contra su cuerpo. Me pide que doble los brazos, hasta llegar con la cara a la sábana. Mi culo en pompa facilita enormemente la tarea y tras unos cuantos movimientos más, al tiempo que juguetea con un dedo en mi culito, L. se corre entre jadeos y su potente chorro de leche me llena, me rebosa, escurre por mis muslos que se tensan con enorme fuerza. Ahora sí que sí. No puedo más. 4-2. Nos vamos a casa.

Han pasado ya varias horas. Jugueteamos abrazados y desnudos en el sofá. Nos contamos lo ocurrido, nos reímos con las percepciones del otro. Nos abrazamos en esa complicidad que suele provocarnos el relato de nuestras aventuras con terceros. Es entonces cuando, tras un dulce beso me habla del marcador. Hasta ahora no lo había pensado. Hacemos recuento. Me he corrido 4 veces. He hecho que dos chicos se corriesen. Habitualmente es al revés, ríe. Me río yo también. No lo había pensado. Otras veces hemos hablado de cómo había quedado el “marcador” tras un día oscuro pero claro, eso lo piensas después. Como parte de la conversación posterior. Durante el juego estás a lo que estás. Y te importa un pepino quién se ha corrido más veces, sólo piensas en disfrutar el momento. Nosotros al menos.

Pero pienso que L. tiene razón. Salvo contadas excepciones, de veladas multiorgásmicas por mi parte, yo normalmente me corro pocas veces. Soy más de pocas pero intensas. Y me gusta hacer que un chico se corra, saberlo, verlo, sentirlo… así que generalmente los marcadores serían al revés. Pero hoy salió así. Y salió bien. Incluso cuando L. deja de hablar, vuelve a acariciarme, me pone de pie en medio del salón, con las piernas abiertas y me introduce de nuevo los dedos mientras susurra “voy a ver si logramos un 5-2”. Y lo logramos, ¡vaya que si lo logramos! Goleada. Voy a tener que entrenar más:-P

martes, 21 de enero de 2014

"¡Ocupado!"

Esta mañana me acordé mucho de ella. ¿Por qué? Pues no sé, tal vez soñé algo. O la modorra de la primera hora, hasta que el café consigue despertar mis neuronas… Porque precisamente las últimas semanas casi ni hemos hablado. Tal vez es eso, jeje, que la eche de menos…

Me vino a la cabeza aquel breve encuentro en el cuarto de baño.

No era la fiesta más divertida en la que habíamos estado, pero tampoco es que estuviera mal. Sólo que creo que nos faltaba algo de vidilla… a ella más que a mí, aunque me esté mal decirlo. L. y yo acabábamos de tener un satisfactorio encuentro con un chico y volvimos a reunirnos con el resto del grupo. Su chico y ella estaban en ese momento con otras dos parejas, en animada conversación.
 
Al cabo de un rato, y ya repuesta de mi jugueteo anterior, me ausenté para ir al baño. Cuando estaba dentro alguien tocó en la puerta. Una voz más que conocida respondió con un alegre “Vale” a mi “Ocupado”. Luego oí la puerta del otro aseo abrirse y cerrarse.

Al salir no había nadie. Mientras me lavaba las manos salió ella. Resplandeciente, como siempre. Era el primer momento de la velada en que nos encontrábamos a solas. Aunque somos bastante diferentes, tenemos mucho en común y generalmente nos es fácil encontrar temas de conversación que nos interesen a las dos. Por ejemplo, nos suele atraer el mismo tipo de chico al que si podemos compartimos como buenas amigas que somos…

Así que aprovechamos la tranquilidad del baño para charlar unos momentos. No suelo ir al baño en “expedición de mujeres”, realmente nunca lo he entendido y tiendo a evitarlo. Pero aquella noche parecía propicia para ello, demasiado calor fuera, poca marcha y… ella, la rubia…

De pronto nuestras miradas se encontraron. Vi su deseo a la par que sentía el mío. No sabría decir quién besó a quién, ni cuál de las dos fue la primera en acariciar a la otra. Sólo soy consciente de haberla cogido en mis brazos y caer en los suyos, de enredar nuestras lenguas y acariciarnos por debajo del vestido.

Mientras nos besábamos sujetaba entre mis dedos su clara melena que tanto contrasta con mi pelo. Con la otra mano recorría una vez más su suave piel. Luego me apoyé en el lavabo y aspiré su aroma. Entre gemido y gemido, su boca repartió besos por mi cuello, por mis hombros y mis brazos, mientras sus manos aferraban mi culo apretando mi cuerpo contra el suyo.

Me estremecí cuando sus pequeños pechos se clavaron en los míos. Con los pezones erectos. Percibía claramente su tibio sexo a través de la ropa. Si yo hubiera llevado bragas a esas alturas hubieran estado empapadas pero afortunadamente no las llevaba. El espejo reflejaba nuestra imagen, allí abrazadas, besándonos, devorándonos, sonrientes, susurrándonos cosas al oído, como siempre, como cuando estamos juntos los cuatro.

Alguien entró en el baño. Alguien que por supuesto no se extrañó en absoluto de la imagen que se encontró. Alguien que pasó por nuestro lado intentando no molestarnos, pero que sin querer rompió la magia del momento. Tras unos últimos besos nos atusamos el pelo, colocamos el vestido y salimos cogidas por la cintura encantadas de la vida. Y es que no hay nada más bonito que tener buenas amigas.
(c) 2011 NINA & Lucas

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