jueves, 15 de septiembre de 2016

Yo, Mesalina

Este relato, evidentemente, es de ficción. De esos que escribo de vez en cuando para participar en concursos de relatos eróticos. En esta ocasión el tema tenía que girar en torno a un personaje famoso. Y tratándose de su vida sexual, pocos me parecieron tan interesantes como Mesalina. Es… distinto :-P

Puta. Osan llamarme puta. Los mismos que me han forzado a unirme a Claudio. Por mantener su linaje. Por preservar su riqueza. Y me llaman puta a mí.
¿Y qué si me gustan los hombres? ¿Y qué si anhelo sentirlos en mi interior? Que no tengo fin, me dicen. Que nunca estoy satisfecha. Con tal de no reconocer sus propios instintos, que por cierto, seguramente poco difieren de los míos. ¿O es que el resto de Roma no fornica? ¿Acaso las prostitutas de Subura pasan las noches charlando entre ellas? ¿Y qué si me hace feliz yacer con cuantos más hombres mejor? Y yo, a diferencia de ellas, y aunque me mueva por su mismo submundo, no lo hago por dinero, sino por placer, por diversión.
Poco me importa lo que piensen. Tengo mis deseos, mis necesidades. Y mi esposo… es un buen hombre, sin duda. Un pobre infeliz que se casó por amor. Y porque yo le dije que le amaba. Siempre intentando hacer lo bueno, lo correcto, buscando el bien de Roma. Seguro que por eso la fortuna le ha sonreído. Si no, un idiota como él no hubiera podido llegar a emperador. Pero en la cama… en la cama… nadie puede imaginarse mi calvario. Yo, Mesalina, obligada a cohabitar con un hombre que no me satisface en absoluto. Cierto que ninguno lo haría. A las pruebas me remito. A mi manera, le quiero. Él me idolatra, yo le complazco. A diario, y pese a su edad. Mis escarceos nunca me han hecho descuidar mi vida marital pero supongo que nadie pensará que me iba a conformar con un anciano como él. ¡Yo!
Pero mi matrimonio me trajo más ventajas. Me desposó joven y le di un hijo. A cambio, me siento libre. Para hacer lo que quiera y con quien quiera. No parece importarle. Tal vez ni es consciente de mis aventuras. De mi búsqueda constante del placer. En mis intentos por colmar mis necesidades yací con patricios, con plebeyos, con esclavos… encontré satisfacciones más todas pasajeras. Necesito más. Mucho más. Más de uno, más de veinte, más de cien…
Aunque no fui yo, sino mi alter ego, Licisca, quien convocó el concurso. Y ellas aceptaron. Y eligieron a la mejor, a la de más fama, a Escila, para competir conmigo, pero no en el territorio de Licisca sino en el mío. En mi propia morada. Aproveché la ausencia de mi esposo, de campaña en Britania, y la hice acudir a palacio. La apuesta era sencilla, el reto abierto: ¿quién podrá con más hombres en un solo día? Muchos nobles acudieron, algunos incluso acompañados. Unos a mirar, otros a participar, todos a disfrutar.
Comenzamos por la noche. Me había preparado a conciencia, para excitar sus sentidos. Soy consciente de que no hace falta, sólo mentar mi nombre y para muchos la respuesta es inmediata. Pero aun así. Ese ritual de preparación forma para mi parte del juego. Me gusta bañarme, dejarme untar en aceite por mis esclavas, acicalarme para luego ser poseída. Una y otra vez.
Hice pasar al primero a mis aposentos. Ya le conocía, pero él a mí no. Aún no. Vi la lujuria brillar en sus ojos, como tantas otras veces la vería a lo largo de la velada. Esa sonrisa de autocomplacencia, esa intención no declarada de “yo seré quien te colme, quien realmente te satisfaga hasta tal punto que ya no desees más”. Ja, pobre inútil. Serás uno más. Con un poco de suerte me harás disfrutar. Arrancarás algún gemido de mi garganta y te rociaré con mis fluidos pero no te equivoques, no serás tú. Yo nací para ser amada. Nací para gozar sin límite. Yo haré que te vayas satisfecho pero tú… tú serás tan sólo uno más en mi interminable lista.

Efectivamente ignoro si fue la presión, la autoexigencia. Cuando, aún con mi toga puesta, abrí las piernas y le mostré mi sexo, supe que le había vencido. Se acercó a mí con timidez. Le pedí se desnudara. Mi mirada fija en su miembro ya fue capaz de iniciar una erección. Mis manos la completaron. Sólo con tumbarme supe que caería al primer asalto. Así fue. Tan pronto me penetró la tensión pudo con él y terminó. Avergonzado se levantó sin decir palabra y salió también sin decir palabra, con el rostro enrojecido.
No era la primera vez que me ocurría algo así. Con gesto indolente, hice una seña a mi esclava. Abrió la puerta y en escasos segundos apareció con otro hombre. Me alegró no reconocerle. Tal vez habría algo interesante y novedoso. Pidió permiso para acercarse, su ternura me conmovió. Con gestos suaves acarició mis hombros, depositó sus labios en mi cuello y tomándome una mano la llevó a su sexo, aún flácido. Al menos este duraría más. Con extrema suavidad jugueteó con la lengua en mis pezones. Sin duda decidido a alargar la situación al máximo haciéndome disfrutar a mí en lugar de abandonarse a su propio placer acarició mi cuerpo de arriba a abajo. Reconozco haber disfrutado con sus caricias. Sin duda él también. Intentando estar a tono con él, mi mano se movía lentamente sujetando con firmeza su miembro. Y pese a mi lentitud, a la suavidad del momento, sentí la tensión en sus muslos un momento antes de que su néctar impactara contra mi vientre.
Los siguientes apenas los recuerdo. Fueron pasando de uno en uno. El tercero, el cuarto… con más pena que gloria acariciaron mi cuerpo, saborearon mis pechos, gozaron durante más o menos minutos y salieron de la habitación para dejar su lugar a otros.
La noche avanzaba, como mis acompañantes. Al filo de la medianoche llegó él. Cuando ya empezaba a pensar que, una vez más, mis ansias quedarían desiertas, apareció ese sonriente patricio. Me ordenó, sí, me ordenó que me desnudara. Cuando quise replicar selló mis labios con su dedo y me ordenó, otra vez, mantenerme en silencio. Me estimuló el juego y obedecí, sumisa. Dejé caer mi toga al suelo. Mi esclava apareció de detrás del cortinaje presta a recogerlo pero él la rechazó con un gesto brusco al tiempo que volvía hacia mis ojos su mirada. Comprendí la orden. Yo misma me agaché a recoger mi vestimenta. Sin darme tiempo a levantarme, se situó ante mí, con las piernas abiertas, mostrándome su virilidad. Vacilante dirigí a él mi mano, desde el suelo. Pero él la esquivó, acercándose a mí. Y supe que no era mi mano lo que buscaba sino mi boca.

Quedándome a cuatro patas la abrí y permití dócilmente que la penetrara y me embistiera, aunque lo hizo con tal fuerza que me provocó alguna arcada. Comencé a succionar, sintiendo su pene crecer en mi boca. Empezaba a pensar que me asfixiaría cuando se apartó de mí y me agarró la melena, tirando de mí hacia arriba, hasta incorporarme. Sin soltar mi pelo me llevó a la cama y me tumbó. Él quedó de pie junto al borde y retomó la postura anterior, con su sexo en mi boca. Pero ahora él podía acceder también al mío. Con brusquedad me abrió las piernas y se inclinó lo suficiente como para alcanzar entre ellas con una mano.

Introdujo un dedo en mi vagina, y luego dos. Y los movió armónicamente, imprimiendo con ello ritmo a mi cuerpo entero, que bailaba a su son, transmitiendo al mismo tiempo el movimiento a su pene, preso entre mis dientes. A continuación me ordenó elevar los brazos por encima de mi cabeza y aferrar sus muslos, prohibiéndome retirar las manos. Paulatinamente fue incrementando su ritmo, tanto con su miembro como con sus dedos y sí… debo confesar que lo logró… con él alcancé el orgasmo, algo estalló en mi interior con tal fuerza que sacudió todo mi cuerpo, haciéndolo convulsionar.
Casi al mismo tiempo él también llegó al clímax. Su semen invadió mi boca y resbaló por las comisuras de mis labios empujado por mi lengua, hasta impregnar mi cuello. Obediente no solté sus piernas. Esperé órdenes. Fue él quien se separó dejando mis manos libres. Se sentó junto a mi como esperando una respuesta por mi parte. Y la tuvo. Por supuesto la tuvo. Giré la cabeza hacia el cortinaje, donde mi esclava se refugiaba, y le indiqué que le acompañara a la puerta. Quería más.

Cierto que me había gustado. Hasta ese momento había sido lo mejor de la noche. Decidí descansar unos minutos y pedí a mi esclava que me masajeara la espalda mientras me informaba de la situación.
Tardó sólo unos minutos en regresar. Con amplia sonrisa me informó de que Escila se retiraba. Tras haber sido poseída por 25 hombres, la prostituta más conocida de Roma se rendía. Y yo ganaba. Demasiado fácil. Le pedí que viniera a mi presencia, pero después de mi masaje. Supuse que así podría descansar, reponerse, y me sería más fácil convencerla de que regresara. Me equivoqué.

Escila mantuvo su postura. Reconoció no poder competir conmigo y dio su participación por finalizada, aceptando su derrota. Dudé. Eso significaba que la competición finalizaba. Podía despedir a todos los presentes y retirarme a mis aposentos, a descansar. ¿Descansar de qué? Cierto que la velada había sido divertida hasta ese momento pero no sentía la necesidad de finalizar. Aún no. Todavía era noche oscura. Muchos hombres permanecían a la espera de ser los agraciados. Y yo no estaba satisfecha. No, no lo estaba. Aún sin Escila. Seguiría.
¿Cómo hacerles entender? ¿Cómo explicarles este deseo, esta necesidad que surge de mi interior y que me incita a acostarme con todos esos hombres? Soy la mujer más poderosa de Roma, la esposa del emperador, todo ese inmenso imperio a mis pies ¿y nadie va a poder satisfacerme en la cama? Cierto que, en mis incursiones nocturnas por el foro, ha habido quien ha conseguido provocarme gran placer, algún noble llegó a hacer temblar mis piernas, consiguió que gritara con todas y cada una de sus embestidas. Eso es innegable. Pero tan solo para, una vez acabado, desear volver a empezar.
Y no es por no haber buscado. Me he acostado con nobles y plebeyos, ricos y pobres, hombres más o menos agraciados, esclavos, gladiadores, comerciantes, soldados, senadores, actores… sin lograr satisfacción plena.
Lo de esa noche era lo mismo de otras. Sólo que esta vez no era yo quien me ofrecía por las calles de Subura. Ellos esperaban fuera hasta que mi esclava les iba invitando a pasar. Yo les seguía atendiendo gustosa. Todos esos hombres para mí. Pronto despuntaría el alba y ellos seguían pasando. Uno tras otro.
Cuando aquel joven senador se retiró, sin duda satisfecho, traté de calcular con cuántos hombres había estado esa noche desde que se inició el concurso. Sesenta, setenta… no estaba segura. Miré a mi esclava. Miré la puerta. No me hizo falta hablar. Se levantó complaciente e hizo pasar al siguiente. Levanté dos dedos. Comprendió rápidamente y, entornando de nuevo la puerta, pidió entrar a otro más.
Ni aún así mi cuerpo encontró satisfacción. Ensayé todo tipo de juegos hasta que llegó el amanecer. Con dos. Con tres. Con cuatro. Permití sus perversiones, realizamos posturas inimaginables. Y todos se iban satisfechos. Y yo me quedaba. Contenta por el placer proporcionado y obtenido, y cansada, sí. Pero satisfecha… no, todavía no. 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Desmontando tópicos

Ni guapo ni cachas ni superdotado. Ni yogurín ni madurito interesante. Ni cuerpo 10 ni cuidado ni depilado. Más bien entrado en años y en kilos es el tío que me ha hecho gozar como una perra.

No necesito que nadie venga a contarme que el morbo puede surgir en cualquier lado. De hecho ha sido eso precisamente lo que me ha llevado a tumbarme ahí en medio, a la vista de cualquiera, a masturbarme. Plenamente consciente de que podía aparecer alguien en algún momento a echarme una mano, y nunca mejor dicho.

Es lo primero que he sentido además de mis propias caricias, una mano ajena que trepaba por mi pierna despacio, pero decidida. Y tras no verse rechazada pronto se ha visto acompañada de otra mano y de una boca, que en perfecta coordinación han abierto mi sexo y me han penetrado con ansia. Mi propia mano entonces ha tenido que abandonar su juego solitario y ha optado por acompañar en sus embestidas a la cabeza que invadía mi entrepierna.

Andaba yo disfrutando de tan rica comida cuando L. ha emergido junto a mi cabeza, erecto, sin duda por la excitación de encontrarme así, en boca de un extraño. Y ¿qué podía hacer yo ante tal visión? Pues lógicamente abrir la boca y empezar a mamarle la verga.

No sé si por envidia, porque ya había saciado su apetito, o tal vez porque esperaba un desenlace inminente y no quería desperdiciarlo por ahí en el suelo o en un kleenex... el caso es que de pronto la boca ha abandonado mi vagina y en su lugar una polla ha aparecido junto a mi pecho y se ha derramado llenándome de leche al compás de mis gemidos. ¡Qué le voy a hacer! Que se me corran en las tetas es algo que me pone muy cachonda, incluso cuando tengo la boca llena.

El caso es que justo cuando empezaba a darme cuenta de que me había quedado con una calentura tremenda a la altura de las ingles y que iba a necesitar solucionarlo, no sé de donde ha aparecido otra cabeza, con su correspondiente boca, que se ha lanzado a devorarme como si no hubiera un mañana.

Al tercer lametazo ya me daba igual quien era o de donde había salido. ¡¡¡Diossss qué lengua!!! ¿Cómo podía moverse de esa manera??? Y el borde de los dientes, en un te muerdo sin morderte, golpeando mi clítoris hasta hacerme retorcer... Dos manos apretando mis nalgas, un dedo investigando mi culo... ¡pero cuántos estamos aquí!! Intento verlo, sin moverme mucho no vaya a ser que rompa el encanto... Solo veo una persona más aparte de L. y yo. Vale, una mano o el dedo puede ser de L. pero el resto... Uffff, esa lengua!! Me invade el calor, o el frío, o las dos cosas, el dedo en mi culo y la polla de L. en la boca, a punto de estallar. Y esa lengua, ya no sé si me golpea o soy yo la que palpito. Una mano me pellizca un pezón. Duro como una piedra. Los labios me succionan, la lengua me penetra... Y me dejo ir. Entre gritos, como debe ser.

Y entonces, cuando me recupero, es cuando le veo. Entrado en años y en kilos. Y más bien peludo es el hombre que acaba de hacerme gozar como una perra. Para que luego digan...

jueves, 1 de septiembre de 2016

Me siento observada

Pese a que el antifaz me impide la visión, percibo con toda claridad el cambio en el pavimento. Ya no rodamos sobre asfalto como en los últimos kilómetros, sino sobre camino de tierra. El ruido de las ruedas, los baches, las pequeñas chinas que el coche hace saltar... todo llega a mi oído, agudizado ante la falta de vista.

Mi sensación de morbo va en aumento. Poco podía imaginar hace un rato, cuando salimos de casa, lo que andabas tramando. "Vamos a dar una vuelta", creo que fueron tus palabras, o tal vez "vamos a tomar algo"... No estoy segura. Se borraron de mi mente cuando, de repente, aparcaste y me pediste que abriera la guantera y me pusiera lo que había dentro. El antifaz. Y con él un subidón de adrenalina. Y humedad entre mis piernas, precedida por un dulce escalofrío.

El caso es que cuando enfilaste la carretera secundaria y pasamos por la segunda rotonda la idea atravesó fugazmente mi cabeza... ¿... dogging? Pero hasta ese momento lo de dar una vuelta había colado. Incluso entonces pensé en la cantidad de sitios a los que se podía ir por aquel camino, así que tu viraje y tu petición de abrir la guantera me pillaron totalmente fuera de juego, lo reconozco.

Y ya a ciegas, difícil orientarme. Seguimos por la carretera un rato, pero no sería capaz de decir si en el mismo sentido o en cualquier otra dirección. Tuve más o menos la certeza de lo que podía estar a punto de pasar justo después de notar el cambio en el firme. Sí, cuando paraste de nuevo y me susurraste una nueva orden... "sacate las tetas". Sin saber dónde estábamos ni si había alguien que pudiera vernos, obedecí en silencio. No pude evitar sonreír cuando noté mi tanga mojado.

El coche se puso de nuevo en marcha y mi mente se disparó al imaginar mil situaciones posibles, si circulábamos por zona transitada o no, si pese a la nocturnidad mis pechos eran visibles desde fuera del coche, si cabía la posibilidad de que nos topáramos con alguna patrulla de la Guardia Civil y qué diantres íbamos a explicarles...

Pero esta segunda parte del trayecto es corta. El coche ha ido disminuyendo su velocidad, me parece sentir varios giros o algún tipo de maniobra y finalmente apagas el motor. Me sueltas con cuidado el cinturón de seguridad y entonces tomas mis manos, las subes hasta el reposacabezas y... Click. Las esposas se cierran inmovilizándome.

Te acercas a mi, siento tu aliento en mi rostro. Creo que vas a besarme. Me humedezco los labios para recibirte pero depositas el beso en mi cuello al tiempo que pasas un brazo sobre mis piernas y reclinas el asiento.

Bajas por mi cuello a besos, recorres con tu lengua mi pecho desnudo erizando mis pezones. Con una mano me subes la falda y acaricias mi sexo por encima del tanga, acompañando tu movimiento con un "mmmm" que escapa de tus labios al sentir lo mojada que ya estoy.

No sé dónde estoy pero a mi mente acude una imagen que intuyo se aproxima bastante a la realidad. Me veo tumbada en el asiento del coche, con mi pecho y mi sexo expuestos, las piernas abiertas, tu mano explorando lo que oculta mi empapado tanga y tu boca devorando mis pechos... y fuera del coche... campo, árboles, algún otro coche tal vez... y varios tíos observándonos mientras se masturban...

Te pregunto si hay alguien cerca. Ríes y contestas un enigmático "Tal vez". Y me pongo a mil.

Me apartas el tanga y deslizas un dedo separando mis labios. Sin detenerte, me lo metes hasta que tus otros dedos chocan con mi vagina. Lo sacas y repites el gesto pero penetrándome esta vez con dos dedos. Gimo. Los sacas. Espero tu siguiente envite pero no llega. En lugar de eso, tu dedo pulgar empieza a girar sobre mi clítoris, que se hincha y endurece. Sigues moviendo tu dedo en rápidos círculos, de vez en cuando paras para meterme los dedos y moverlos rítmicamente dentro de mí, todo sin dejar de comerme las tetas, la boca, y yo sin poder moverme ni tocarte, sin ver pero sintiéndome observada.

Y cuando creo que voy a estallar de placer, paras. Te pido que sigas, que por favor no pares. Ríes. Joder, que sigas, que voy a correrme. Ríes más fuerte aún y te inclinas sobre mí. Tu boca ocupa el lugar de tus dedos. Con las manos agarras mi culo y giras mis caderas, muy poco, lo poco que el asiento del coche permite. Pasas mi pierna por encima del cambio de marchas y el freno de mano y tu lengua me penetra sin compasión.

Atrapas con los labios mi clítoris, lo lames, lo chupas, lo golpeas con la lengua  y recupero esa sensación. Disfruto de lo mucho que me gusta cómo me comes el coño, me estremezco de gusto y de pronto vuelvo a presentir, tal vez solo imaginar, que junto a la ventanilla alguien disfruta con nosotros. Y la idea me resulta tan morbosa que me corro en tu boca entre sacudidas.

Me besas dejando en mis labios mi propio sabor. Me sueltas las manos y cogiéndome por la nuca me atraes hacia ti y seguimos besándonos con ansia. Oigo como se abre tu cremallera y noto que te acaricias. Ahora es tu respaldo el que baja y con él, tu cuerpo. Me bajas la cabeza hasta tu entrepierna pero tropiezo de nuevo con la palanca de las marchas. Me giro, quedando de rodillas sobre el asiento. Así ya sí.

Me meto tu polla en la boca. Cierro mis labios a su alrededor. Mamo golosa. La siento crecer. Con mis dedos índice y pulgar formo un anillo en su base y lo subo y lo bajo, ayudando a que entre y salga de mi boca. Aumento el ritmo y poco a poco tu pene invade mi boca, cada vez más. Choca con mi lengua, mi paladar, mi campanilla. Siento una arcada pero no pienso dejar que eso me pare. Deslizo la lengua por tu miembro. Parece mentira lo duro que se ha puesto en un momento.

Vuelves a ponerme la mano en la nuca y balanceas las caderas follándome la boca. No me queda más remedio que poner el culo en pompa, dejándolo perfectamente visible junto a la ventanilla, seguro.

Entonces oigo como bajas mi ventanilla. Solo un poco. Espero impaciente sin saber lo que puede ocurrir. Me pides que me toque y paso una mano por debajo de mi cuerpo. Me masturbo entre tus gruñidos de placer hasta que estallas en mi boca. Siiiii.

Me besas. Recolocas mi ropa. Me preguntas qué tal y vuelves a subir los respaldos de los asientos. Pero aún no dejas que me quite el antifaz. Pones el coche en marcha y conduces despacio. De nuevo noto el cambio de firme justo antes de que susurres "Ya puedes quitártelo, nos ha gustado mucho a los tres. ¿Y a ti?". Asiento y me lo quito. Y veo en tus ojos ese brillo travieso que me gusta tanto.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cuerpos de gimnasio

Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta. ¡Ya! Uffff, los excesos navideños le pasaban factura. Antes de las fiestas no le costaba tanto, esa fase estaba superada. Por primera vez en su vida llevaba cuatro meses yendo al gimnasio. ¡Todo un record! Y no iba a permitir que unos cuantos polvorones acabaran con tan buen hábito. Seguro que en pocas semanas había recuperado su "casi" buena forma. Se bajó de la máquina y se dirigió a la bici.

Acababa de sentarse, aún estaba ajustando el nivel cuando entró Mario. Con la sonrisa puesta, como siempre. Lo reconocía. Él había tenido también mucho que ver en su constancia para ir al gimnasio. Los primeros meses solo con su presencia. Los días que le daba pereza bajar le bastaba con recordar su sonrisa... bueno y sus gemelos, sus biceps, sus pectorales bajo la ajustada camiseta, sus apretados gluteos... Luego vinieron los saludos, los encuentros casuales en la puerta del vestuario, los comentarios banales... Ir al gimnasio era cada vez más fácil.

Le saludó con la mano, él avanzó hacia la zona de bicicletas. Dos besos en las mejillas, un cariñoso "¡Feliz Año!” y... un inesperado giro hacia la menuda chica que le seguía y a la que Elena hasta entonces no había visto, tapada por su impresionante torax masculino. "Elena, te presento a Carmen, mi mujer. Ha venido a probar"... ... Algo parecido a la ira ascendió por su pecho, de forma increíble, estúpida... ¿Celos? ¿Por qué? Sabía que estaba casado, y entre ellos no había nada, al menos nada real. Sólo aquellas miradas, comentarios… pero todo en modo juego; alguna que otra foto por el Whatsapp… nada serio. ¿Entonces? Forzó una sonrisa mientras murmuraba un "Encantada, y bienvenida", que se le antojó sumamente cínico. Carmen sonrió, se acercó para besarla y respondió con un "Igualmente, gracias" que sonaba bastante más sincero.

Subió a la bici y empezó a pedalear con fuerza. Mañana moriría de agujetas pero eso sería mañana. De reojo vio cómo Mario le enseñaba las máquinas a Carmen y le ayudaba a ponerse en marcha. Luego se sentó en el aparato de los abdominales, casi al lado de Elena, que le observó a través del espejo con disimulo. Adoraba ese cuerpo. Esa forma de tensarse los músculos con el esfuerzo. Si prestaba atención podía escuchar su respiración, alterada, que no forzada. Imaginó cómo sería sentir esa respiración en su piel, oír sus jadeos en la oreja... Excitante, mucho.

Vale. Tal vez sí le hubiera gustado pasar de los juegos a algo más real con él pero le tiraba para atrás saber que tenía pareja, que habría un engaño, no era su estilo. Y ahora la aparición de Carmen en escena acabaría incluso con los juegos por supuesto. La miró con disimulo. Era mona, no un bellezón pero atractiva. Demasiado delgada... al menos comparada con ella. No es que Elena estuviera obesa pero lucía unas curvas que Mario había  definido en una ocasión como "muy femeninas". Sonrió al recordar cuánto le había gustado el comentario. Buscó de nuevo su imagen en el espejo y le observó pedalear, se dejó llevar por la visión de sus depiladas y atléticas piernas. Y su culo... desde ese ángulo no podía verlo bien pero lo recordaba perfectamente. Esas dos nalgas apretadas y redondas que tanto le gustaría acariciar, besar y morder... sujetar con ambas manos mientras él la penetraba...

Sintió el calor que invadía su entrepierna... y sus mejillas, al descubrir la mirada de Carmen clavada en ella. ¿No sería capaz de leer la mente, no? Azorada se bajó de la bici, con el corazón latiendo tan fuerte que parecía que iba a estallarle. Carmen aún la miraba y por algún extraño motivo pensó que debía darle una explicación... "Uff, creo que me he pasado, jeje, creo que por hoy basta". Carmen sonrió y con una mirada traviesa comentó "bueno, la verdad es que tenías una cara de estar disfrutando que dan ganas de subir a esa bici... no pensaba que fuera tan divertida. ¿No te vas aún, no?, si quieres al salir tomamos algo los tres, tenía ya ganas de conocerte". Se giró y se fue al banco de pectorales.

¿Cómo que tenía YA ganas de conocerla? ¿Qué diablos significaba eso? ¿Por qué? ¿Qué sabía de ella? ¿Qué le habría contado Mario? Empezó a ponerse nerviosa. Le miró. Él sonreía tranquilo. Como si no pasara nada. Claro, es que no pasaba nada. Acabó su serie y vio cómo salía al vestuario, seguro que a beber agua. Elena se volvió  a mirar a Carmen con disimulo. Vio cómo ejercitaba sus pechos, cómo sus músculos se tensaban y los pezones se le marcaban. ¡Qué envidia le daba en ese momento!

Vio iluminarse la pantalla del móvil. Mensaje de Mario. ¿Pero qué hacía, estaba loco? Cuando abrió la tapa y se encontró con su torso desnudo y esa sonrisa pícara, como tantas otras veces, a punto estuvo de dejar caer el teléfono. Lo cerró bruscamente en el mismo momento que él entraba de nuevo en la sala. Pasó junto a ella, con ese olor inconfundible... ¿cómo podía oler tan bien un tío que acababa de marcarse tres tandas de abdominales?

Terminó como pudo. Algo tenía que decirle. Había que acabar con el jueguecito de las fotos. Pensó en hablar con él pero no veía cómo. Y no podía apartar los ojos de ese cuerpo atlético, de esa piel reluciente por el esfuerzo… la sesión de ese día le estaba resultando especialmente dura. Tomó una decisión. Se iba. Se levantó y de camino a las duchas pensó que lo mejor sería ponerle un mensaje, al menos no tendría que enfrentarse directamente a su mirada… “¡Cobarde!” se dijo a sí misma en voz alta, creyéndose a solas. Dio un respingo cuando la cabeza de Carmen apareció entre las taquillas con expresión confusa. “Perdona, igual te he molestado pero no podía dejar de mirarte… Mario me ha hablado tantas veces de ti… por eso me he venido ya a la ducha, te notaba incómoda”. Ahora era Elena la que, con los ojos como platos, intentaba comprender lo que estaba ocurriendo.

Carmen continuaba su perorata en tono de disculpa “… tenía ganas de conocerte pero igual no ha sido buena idea acompañarle y… … y ¿no era a mí, no?” El “bip” del móvil rompió el denso silencio. ¡Dios, Mario! ¿Se puede ser más inoportuno? Y lo peor es que Carmen estaba tan cerca que seguro lo había visto…

“Seguro que es Mario, con una proposición indecente”.
¿Qué, y lo decía tan tranquila? Elena desbloqueó el dispositivo. Bajo una sugerente foto de su paquete, Mario había escrito “Estoy solo en el vestuario, ¿vienes a frotarme la espalda?” Y su mujer a medio metro de ella. Pero eso no era lo peor. Lo peor es que, observando su reacción, parecía esperar su respuesta. ¡¡Ella!!


“Creo que te debo una explicación. Mario y yo solemos hacer ciertos jueguecitos, ya sabes para pasarlo bien. A veces incluimos a otras personas pero por supuesto se trata de que todos lo pasemos bien y creo que en este momento tú no lo estás pasando bien… Hace tiempo que sé de la atracción que Mario siente por ti y… bueno, yo tenía ganas de ponerte cara… y cuerpo”. Y calló. Como si con eso estuviera todo dicho.

“Perdona, me he perdido… ¿de qué estás hablando?”
“Vamos, somos todos adultos, solo hace falta ver con qué cara le miras.”
Su sonrisa parecía sincera.


“Disculpa, no era mi intención molestar… es que ¡está muy bueno!”, dijo sin pensar.


“¡Qué me vas a contar a mí! ¡Es mi marido!”
“Lo sé, y te aseguro que no volverá a ocurrir. Lo siento muchísimo, te pido disculpas por mi actitud… Te juro que no ha pasado nada ni pasará…”


Su sonora carcajada interrumpió la retahíla de disculpas. “Para, para, que no es eso, mujer, todo lo contrario… si lo que queríamos era solucionar esto pero de forma que los tres podamos disfrutarlo”.

“Ahora sí que me he perdido”, reconoció Elena “¿qué me estás proponiendo, un trío?” ¡Hala, ya lo había dicho, de perdidos al río!


“Jugar. Sólo si a ti te apetece. Mario me comenta que, por vuestras charlas, le pareces bastante abierta… Nosotros somos una pareja… digamos, liberal… creo que no te pilla de sorpresa”.


No, de hecho Mario le había insinuado algo en alguna ocasión. No de forma explícita pero sí lo suficientemente clara. Elena no había hecho demasiado caso pero ahora que lo pensaba algunos de sus comentarios tomaban otra dimensión. Es más, incluso recordaba haberle respondido de forma que… ¡madre mía!, sin pretenderlo le había dado pie a pensar que sí, que ella también era muy liberal, que le atraían cierto tipo de situaciones, que le gustaría participar en ellas… Y era cierto. Sentía curiosidad por lo que Mario llamaba “su vida oscura”, aunque nunca le había propuesto nada abiertamente. Bueno, y ahora tampoco. Porque era Carmen quien se lo estaba proponiendo. Mario estaba en las duchas del vestuario masculino. Esperándola. O esperándolas.

La misma Carmen que ya atravesaba el umbral de la puerta y entraba en el vestuario masculino como si tal cosa. Medio minuto después asomó de nuevo la cabeza con un “Vía libre. Ven”. Elena la siguió con curiosidad. Su Adonis particular esperaba con la toalla enroscada en la cintura y el torso desnudo. Se metieron en uno de los tres cubículos cerrados. Le miró embobada. Nada le apetecería más que un polvo con él. Pero Carmen… ¿qué papel se supone que pintaba Carmen? ¿Tendría que hacer algo con ella? Imaginó cómo sería besarla, acariciarla… No, decididamente no. Esa imagen no le atraía, pero la de Mario besándola, Mario acariciándola, Mario lamiendo sus pechos, su sexo… Sintió tensión en su vientre, y calor. Mucho calor.

Y entonces dejó de pensar. Justo en el momento en que Mario la besó, metiéndole la lengua hasta la campanilla. Respondió a sus besos, dejó que sus manos volaran por su cuerpo y arrancaran su ropa. Disfrutó de su lengua en sus pezones, de su boca recorriendo su piel. Él se agachó y devoró su sexo, con dulzura, procurándole un inmenso placer que Elena recibió con los ojos cerrados.

Cuando los abrió se encontró la atenta mirada de Carmen, que parecía disfrutar casi tanto como ella. Parecía esperar algo. Elena sonrió sin saber bien qué hacer y esa sonrisa sirvió como señal para Carmen, que no dudó en unirse a ellos, acariciando la cabeza de Mario pero sin tocar a Elena.

La lengua masculina era hábil, y pronto encontró el punto y el ritmo adecuados. Elena se agarró a las paredes, apoyó la espalda y sintió como sobrevenía el orgasmo. Casi en silencio, con un suave gemido que ahogó con una mano en su boca.

Él se incorporó y la besó. Luego besó a Carmen. Esta tiró de la toalla para abajo, dejando a la vista el miembro erecto de Mario. Luego se agachó, tomando de la mano a Elena, y lo recorrió con la lengua, por un lado, invitando a su compañera a hacer lo mismo. Era una situación tan novedosa, tan morbosa, que no se permitió pensar. Imitó a Carmen y recorrió el pene de Mario con la lengua. Acarició con la mano sus testículos, escuchando sus jadeos sofocados.

Entonces se oyó un ruido. Alguien entraba en el vestuario. Los tres se quedaron quietos. Carmen susurró “habéis venido a hacer deporte, pues ¡hala, a correr!” y salió de los vestuarios con paso ligero y la capucha tapándole la cara. Elena miró hacia abajo “¡qué pena dejarte así!” Mario sonrió, una vez más. Y acercando su boca a la oreja de ella ronroneó “Es tu oportunidad, puedes correr hacia tu casa… o hacia la nuestra…” Y dicho y hecho, él también se apresuró hacia la salida, detrás de Carmen.

Elena dudó un breve instante. Luego se cerró la chaqueta, subió la cremallera hasta la barbilla y salió en un perfecto ritmo de marcha maratoniana siguiendo el mismo camino que sus colegas de gimnasio.

miércoles, 29 de julio de 2015

La tecla adecuada


Sigo vaga. Y liada. Y con poco que contar. Todo va por rachas, ya se sabe... cualquier día de estos un calentón acaba de forma imprevista y voy y os lo cuento... jejeje. Pero hasta que eso ocurra, como aún tengo relatos ficticios escritos y que no he compartido por aquí... ¡allá va uno! para combatir los calores veraniegos ;-)
 
Apenas sabía nada de él. Que era joven, guapo, interesante... y profesor de música en la academia de su sobrino. Y que desde la primera vez que le vio, a principio de curso, se moría de ganas por llevárselo a la cama. Pero no era nada fácil. Se había ofrecido a llevar al niño a sus clases con la esperanza de encontrar una excusa pero no sabía cómo abordarle. Tanto crío por todas partes, la situación era poco propicia. Él siempre la saludaba amablemente y se despedía de ellos con una gran sonrisa... Y nada más.

Durante la clase ella se quedaba leyendo, o salía a tomar algo mientras dejaba volar su imaginación y se veía preguntándole a qué hora acababa sus clases, invitándole a un café "y lo que surja", subiendo a casa con él, arrancándole la ropa con los dientes y echando un polvo salvaje... pero cuando llegaba el momento todo se evaporaba y se iba de nuevo a llevar a su sobrino a casa, eso sí, con las bragas empapadas y un tremendo calentón.

"Vive solo para la música, o te tatúas un piano en el culo o nunca se fijará en ti", le dijo una noche de juerga su hermana, conocedora de la atracción que sentía por él. La idea desde luego era tentadora, sobre todo tras el quinto vino. Por suerte el tatuador al que se dirigió inmediatamente, viendo su lamentable estado, no le hizo ni caso e insistió en que, sin un buen diseño, no le dibujaba ni un piano ni una triste flauta.

Afortunadamente a la mañana siguiente a la juerga, la idea ya no parecía tan buena. Uff, menos mal que el tatuador no le había hecho caso. Debería ir a agradecérselo, suspiró aliviada. Dicho y hecho. Esa tarde volvió al taller de tatuajes, esta vez serena. Le vio al fondo, solo, y entró decidida.

"Hombre, ¿me traes el dibujo de tu piano?", saludó sonriente el tatuador.

Ligeramente avergonzada sintió cómo se ruborizaba al responder "No, es que anoche perdí la bufanda y..."

"Vaya, pues me temo que aquí no fue, lo siento", sonrió comprensivo, dándose la vuelta.

"La verdad es que también quería darte las gracias por no aprovecharte ayer", añadió precipitada.

Él se giró de nuevo, mostrando con su sonrisa unos atractivos hoyuelos en los que antes no se había fijado "Ah, eso, no te preocupes".

"Pensarías que estaba loca... un piano en el culo..."

"No, nada de eso. No te imaginas las cosas que me piden a veces..."

"Ya. Bueno, es que..." Por algún extraño motivo sintió la necesidad de darle una explicación "quiero que un músico se fije en mi y... me pareció... buena... idea... supongo, una tontería, en fin... Bueno, gracias y... ¡adiós!".

Esta vez fue la voz masculina la que hizo que se parara en su huida y se girara junto a la puerta al oír "Tal vez no en el culo, más que nada porque a ver qué excusa pones para enseñárselo, pero lo de tatuarse un piano tiene su gracia".

"¿Tú crees?"

"Sí, cubrir tu bonito cuerpo con un teclado podría resultar muy erótico", sus ojos la recorrieron de tal manera que sintió un escalofrío a lo largo de su columna vertebral.

Él se acercó y dibujó con su dedo en su hombro por encima de su jersey "podría empezar por aquí... y bajar..." Ella inconscientemente respiró hondo, sacando pecho y provocando que él rozara levemente su pezón con la punta del dedo. Cerró los ojos, se mordió el labio inferior y, apoyándose contra la puerta, que se cerró sin ruido, levantó un poco el borde del jersey.

"¿Y después?"

Él la acorraló contra la puerta, se inclinó junto a su oreja y metió la mano bajo el jersey, acariciando voluptuosamente su pecho "después seguiría pintando teclas por tu pecho, por tu vientre...".

Llevó los labios a su cuello y la besó sin dejar de acariciarla. En un único y rápido gesto tiró del jersey hacia arriba, sacándoselo por la cabeza, y la besó con ansia al tiempo que desabrochaba su sujetador.

"Hasta alcanzar tu ombligo..." rassssss sonó la cremallera de sus vaqueros un momento antes de que estos se deslizaran hasta el suelo por sus muslos acompañados de sus bragas y arrastrando por el camino sus botines.

Sin apenas esfuerzo la tumbó sobre la camilla, completamente desnuda, "y terminaría el tatuaje dibujando las últimas teclas junto a tu delicioso coñito" susurró hundiendo en él su cabeza y haciéndola gemir de placer ante la sorpresa de la hábil lengua que golpeaba su clítoris. Ella abrió más las piernas, disfrutando de tan inesperada situación, notando la nariz de él chocar contra su pubis. La lengua recorrió varias veces sus labios vaginales, mezclando la saliva con sus jugos, antes de entrar en ella provocando un grito de placer.

"Y entonces improvisaría una bella melodía", añadió levantando la cabeza y deslizando sus dedos por todo su cuerpo como si realmente se tratara de un piano.

La suavidad de sus manos, los toques de sus dedos sobre la piel tersa y caliente, resbalando a lo largo de su cuerpo aumentaron su excitación hasta límites insospechados.  Le deseó. Deseó que aquel extraño siguiera tocando sobre ella, notaba cada poro de su piel responder, sentía sus pechos erguidos, sus pezones erectos, su clítoris tenso.

Le sonrió excitada. Quería tocarle ella también. Necesitaba tocarle. Jadeando estiró un brazo hasta alcanzar su objetivo, la abultada bragueta del improvisado pianista. La abrió y deslizó sus dedos bajo el boxer, descubriendo satisfecha su dureza. Sacó el erecto miembro y lo acarició entre sus dedos. Lo aprisionó con toda la mano rodeándolo. Firmemente.

La mano del tatuador volvió a su zona más íntima y separó sus labios, dos dedos se abrieron camino en su interior, comenzando a moverse rítmicamente. Ella subió las rodillas y se abandonó sintiéndose más excitada que nunca. Aquella forma de masturbarla era nueva para ella. Los dedos que parecían rascar el interior de su vientre, dirigiéndose a su ombligo, mientras el resto de su mano chocaba contra la entrada de su vagina; el pulgar que estimulaba simultáneamente su botoncito... incluso el chapoteo que producían los dedos con sus fluidos la excitaba enormemente. Su cuerpo vibraba, temblaba, realmente era un instrumento en sus manos.

Comenzó a gemir escandalosamente, sin poder evitarlo. Los gritos que escapaban de su garganta seguían el ritmo de aquella mano, un ritmo casi enloquecedor. Le costaba seguir masturbándole a aquel ritmo, controlar el movimiento de su mano, de su cuerpo. Él se dio cuenta y se acercó más. Ella giró la cabeza y él acercó el pene a su boca. Ella la abrió más y sacó la lengua, invitándole a penetrarla. Alzó los brazos por encima de la cabeza y se agarró al borde de la camilla para aguantar mejor las embestidas del tatuador, con la mano en su coño y la polla en su boca. Ella sintió una gran tensión en el vientre, seguido de un fuerte deseo de orinar. Quiso gritar pero no pudo. Quería que él parara. No, que siguiera. No, que... Algo estalló en su sexo. Su cuerpo se arqueó. Un potente chorro salió de su vagina y se derramó en la mano del tatuador. El cálido líquido empapó sus piernas y chorreó por la camilla, dejando un charquito en el suelo. Luego se produjo un último espasmo y sintió su cuerpo sin fuerzas, extenuado. Nunca había sentido algo así. No se sentía capaz ni de describirlo.

Él sacó la polla de su boca y sonrió satisfecho. Agradeció el respiro, se sentía agotada, pero no podía dejarlo así. Nerviosa llevó la mano al sexo masculino y volvió a meterlo en su boca, chupando con dedicación mientras él de nuevo marcaba el ritmo sujetándola por la nuca. Supo por sus jadeos que estaba a punto de correrse. Lamió su capullo, succionando y entonces él sacó su firme verga para dejarla descargar contra sus enrojecidos pechos.

Se levantó, se limpió en silencio con el kleenex que el chico le ofrecía, mientras él hacía lo mismo. Se vistió sin decir palabra con una sonrisa bobalicona dibujada en su cara, ante la mirada divertida de él. Se dirigió a la puerta, la abrió y se giró murmurando "adios y... gracias". Después de todo, había ido a eso. Y se fue, sin tatuarse el piano en el culo. Pero contenta y satisfecha. Estaba segura de que, ni siquiera el músico, hubiera sabido mejor tocarle la tecla adecuada.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Hoy toca ciber

Me observo en el espejo mientras bajo lentamente la cremallera de mi albornoz. Hoy toca ciber. Llevas tiempo pidiéndomelo pero últimamente no me siento muy motivada para hacerlo. Sin embargo ayer salió el tema en alguna conversación y hoy llevo todo el día rondándome la cabeza. ¿Por qué no? Hoy puede ser un buen día, después de cenar, cuando te sientes al ordenador a acabar tus cosas.

Mi pecho derecho asoma por la abertura del albornoz. Parece buscar guerra. Lo acaricio con suavidad, la tendrá. Pero hoy quiero algo más especial que un albornoz y una cremallera. Algo más sexy. Salgo y te pregunto cómo quieres que me vista. Sonríes al sugerir el vestido nuevo. El rojo. Escotazo, corto y muy, muy ceñido. Así que tú también quieres guerra...

El cuerpo me pide un juego especial. Varios de nuestros amigos seguramente responderían encantados al mensaje "Voy a poner mi cam", pero... no. Quiero otra cosa. Estoy juguetona y me apetece ponerte muy cachondo, para que luego echemos un polvo salvaje. Aparezco con el vestido y me miras, con esos ojos de deseo. Finjo que tu mirada no me afecta, pero siento humedecerse mi sexo. Me siento junto a ti, pantalla con pantalla, y mientras trabajas me miras de reojo. Entro en la página que solíamos usar para estas cosas pero me da error así que busco otra de la que nos hablaron hace unos días, me registro e inicio sesión.

¡Voilá! Estoy un poco despistada, no sé dónde ver quién me mira, dónde puedo ver yo, chatear... Pronto entra un chico y saluda. Casi al mismo tiempo, otro. Me pide que le enseñe las tetas, así, sin anestesia, me río. De eso nada, majete, te equivocas de ventana. Aquí no estoy para complacerte sino para disfrutar yo de una situación morbosa y para poner cachondo a mi chico. Se siente.

Entra algún otro chico, una chica, charlan, comentan... Me piden que les vea, que les abra privados... ¡No sé ni cómo se hace! Sigo muy perdida, hago click y una polla aparece en mi pantalla, luego otra, cierro... Vuelvo a chatear. Tú trabajas... Decido pasar a la acción y acaricio mi pecho por encima del vestido. Deslizo la mano bajo la tela roja. Los espectadores de mi video se animan, y me animan, me piropean. Me hace gracia, me estimula. Juego con mi pezón, lo siento endurecer entre mis dedos. Lo dejo asomar a ver qué pasa.

Los chicos responden, ¡vaya que si responden! El número de usuarios conectados a mi sesión aumenta. En pocos minutos supera la veintena. Con una mano sigo acariciando mi pecho, me pellizco el pezón y lo retuerzo. Muerdo mi labio inferior. Eso ellos no lo ven. En sus pantallas, como en la mía, mi escote rojo y media teta. La saco un poco más. 27 usuarios conectados.

Decido dejar de escribir de momento y me acaricio con las dos manos. Giro la cabeza para ver lo que haces. Recostado en el respaldo de tu silla me miras sonriente. Me saco las tetas del vestido y las toco lujuriosamente. Tú empiezas a tocarte por encima del pijama. Masajeo mis pechos, juego con ellos, pellizcándome los pezones y disfrutando de la sensación. 34 usuarios conectados.

Llevo los ojos a mi pantalla. Un chico pide ver mis braguitas. Buena idea. Me pongo en pie, meto las manos bajo el vestido y me las quito... muy despacio... viendo tu polla crecer. Las balanceo ante la webcam. 39 usuarios.

Bajo un dedo a mi coño, visible solo a tus ojos. Está mojado. Ya lo sabes. Un espectador lo intuye, lo pregunta, pide verlo. Alzo el dedo hasta mi boca. Lo chupo. Solo para ti.

Bajo la cámara y en el monitor aparece mi vestido enroscado a la cintura, y mi sexo al aire. 41 usuarios conectados. Lo acaricio con una mano, la otra sigue jugando con mis pezones. Me meto un dedo, lo muevo, empiezo a masturbarme. 47... 48... 49... 52 usuarios conectados. Piden que siga, que me corra...

Lo muevo cada vez a más velocidad, lo meto y lo saco, mojado, mientras sigo masajeándome las tetas. Imagino a los cincuenta pajeándose ante sus monitores, deseando tocarme, morder mis pezones, arrancarme el vestido para recorrer mi cuerpo con la lengua, darme la vuelta contra la silla y follarme. Me dicen obscenidades, pero apenas las leo. Me he puesto de nuevo en pie y, de espaldas a la pantalla, sobo mis nalgas, las pellizco, las abro mostrando mi agujerito... Me inclino más aún sobre el respaldo y sé por tu expresión que mis dos orificios han cogido el control de mi monitor.. Imagino varias pollas corriéndose ante esa visión, para mi. Y yo exhibiéndome para ellos. Pero sobre todo para ti. Hace ya un rato que no miro el contador de visitas...

Miro el reloj, es hora de irnos a la cama. Lo he pasado bien, me despido. Varios me agradecen el ratito, alguno me pondrá verde por dejarle a medias, buscando solo su placer, sin entender que yo también busque el mío.

Desconecto.
Apago.
Apagas.
Me sigues al dormitorio.
Sin quitarme el vestido me tumbo en la cama.


Te desnudas y te arrodillas entre mis piernas. Acaricio tu pelo y gimo al penetrarme con tu lengua.

Me sujetas las manos. Chupas mi sexo y me vuelvo loca. Me rozas el clítoris con los dientes, luego deslizas la lengua por todo mi coño, no sé si mojándome o empapándote de mí.
Me sueltas las manos, las subo hasta los barrotes del cabecero al tiempo que me agarras por el culo apretándome contra tu boca. Y me comes, me devoras, me engulles con ansia. Tu boca consigue que me retuerza de placer entre gemidos. Y estallo al sobrevenirme el orgasmo. No me sueltas, me corro entre violentas sacudidas, quedándome sentada de pronto.

Te hago subir agarrándote del pelo y te beso, aún no saciada de tu boca. Te tumbo, casi con violencia. Tú te ríes y te dejas hacer. De rodillas a tu lado chupo tu pene, que se yergue orgulloso, invadiendo mi boca. Y sigo hasta sentirlo tenso y caliente al recorrerlo con la lengua, de la base a la punta, y lamiéndolo golosa en círculos.

Y cuando estás a punto de correrte me lo quitas, te pones detrás de mi y me follas, salvaje, embistiéndome con fuerza, agarrándome las tetas hasta que, jadeando, estallas dentro de mí y me inundas.

Siento tu semen caliente resbalar por mis piernas y sin dejar que me sueltes, me quedo dormida. ¡Esto del ciber es agotador!

martes, 27 de enero de 2015

Casi puta

Las órdenes eran claras: "Vas a hacer correrse a todos los tíos que haya". Lo confieso, entré asustada. Sabía que a esa hora no serían muchos los hombres en el local. También sabía que yo mantenía mi "derecho a veto", por el cual si realmente alguno de los chicos entraba dentro de mi categoría "claramente no", L. no pondría ninguna traba a dejarle fuera. Pero aun así el juego de ese día me acojonaba un poco.

Sin embargo, no tardé en calmar mis nervios. El primer hombre al que me encontré nada más llegar resultó ser un conocido, uno de esos chicos del ambiente que tira por tierra todas las teorías de los "indeseables chicos solos", por su saber estar, su agradable charla, su respeto y actitud... y esa lengua tan juguetona, vale. Lo admito, aún sin mis órdenes habría acabado follando con él con bastante probabilidad.

Habitualmente no me resulta difícil pedir a un chico que me acompañe dentro pero esta vez fue más fácil aún. De repente le vi entrar, despacio. Y le seguí. Al preguntarle qué hacía me respondió que esperarme. Lo siguiente fue su boca en la mía y sus manos acariciando mi espalda y bajando hasta mi culo.

Nos desnudamos casi con prisas, sin dejar de besarnos, y tomándome por la nuca echó mi cabeza hacia atrás y recorrió con sus labios mi cuello y mis pechos. Al oído le susurré un "quiero que me folles". Mirándome a los ojos me dijo "por supuesto, pero no sin que antes te corras en mi boca". Y tal cual acabó la frase me sentó en la cama. Pero aunque me moría de ganas, tenía órdenes. Y para mi es tan importante mi placer como el de L. Me tocaba ser sumisa.

Le propuse hacer un 69. Aceptó. Me tumbé encima de él y dejé que se sumergiera en mi interior, mientras sus manos acariciaban mis nalgas y mis piernas. Abrí la boca, saqué la lengua y lamí su falo para luego introducirlo en mi boca y empezar a chuparlo.

Él recorría mi sexo con su boca. Yo palpitaba al contacto con su aliento. Cuando su lengua rozó mi clítoris me estremecí. Lentamente deslicé mis labios por su verga pero en lugar de mover solo mi cabeza, dejé que todo mi cuerpo se moviera al compás. Subía y bajaba con mi sexo sobre su cara y él aprovechaba cada uno de mis vaivenes para meter la lengua en mi mojado coñito.

Una de las veces que bajé, me sujetó por las caderas sentada en su boca y comenzó a mover rápidamente la lengua dentro de mí, en un ritmo frenético que casi me hace enloquecer. Sentía la tensión en mi abdomen, mi piel erizada, sus manos presionándome hacia abajo y esa lengua, penetrándome sin compasión...

Estaba a punto de correrme, gemía como una perra... cuando un leve murmullo de telas me devolvió a la realidad, a mi realidad. ¡Mis órdenes! L. aún no me había liberado de ellas, no podía correrme... ¡tenía que cumplirlas! Me abalancé de nuevo sobre su polla metiéndomela hasta que me provocó una arcada. Chupé, mamé y lamí su hinchado miembro con ansia. Juntando un poco las piernas hizo el gesto de pararme sin dejar de comerse mi sexo. Frené un poco, pero solo un poco. Por mis órdenes, y porque me apetecía que se corriera en mi cara, sinceramente. Volví a la carga, a comerme esa polla, a meterla y sacarla en mi boca, erecta, caliente, hasta que poco después, ante una señal suya, la saqué para sujetarla con una mano mientras un cálido chorro estallaba en mi cara. Intuí que, tras esa cortina, mi chico sonreiría satisfecho.

Salí a limpiarme y volví a la barra a saciar una parte de mi sed y a despedirme del chico que, tras ofrecerme seguir y prometerle yo que en otra ocasión culminaríamos lo inacabado, se tuvo que ir.

Y allí en la barra estaba "mi segundo objetivo". Me sabe mal denominarlo así, pero ese día en concreto, así lo sentía. Tampoco se puede decir que les utilizara, ¿no? Quiero decir, vale que formaban parte de un juego que desconocían pero no se fueron insatisfechos. Al fin y al cabo lo pasamos todos bien. Es como follarse a alguien estando tu pareja de voyeur camuflado en un armario... una fantasía que complace a todos los participantes, cada uno por sus motivos.

Llevábamos unos meses sin vernos. Estaba ahí, tan guapo como siempre, tan autoritario como siempre... Estuve a punto, pero muy a punto, de decirle que no porque (una vez más), no llevaba sus condones... (¡mierda de casados adúlteros que tienen que ocultar pruebas!, pensé). Pero, decidida a seguir con nuestro juego, seguí a L. al cuarto oscuro. Él y el otro chico que había en la barra se nos unieron. Su cara me resultaba familiar, luego me confirmó que nos conocía de una de nuestras fiestas, ¡ya decía yo!

Comenzamos a jugar, ellos tres metiéndome mano, besándome y recorriendo  todo mi cuerpo con sus manos y sus bocas. No sé muy bien cómo, acabamos los tres desnudos en la cama, el chico "desconocido" se retiró. Tampoco sé muy bien por qué. Es curioso, del polvo anterior recuerdo detalles, de este apenas. Será que no lo eché tan a gusto. Después de todo la fantasía era ser un poco puta por un día y follarme a los tíos que hubiera, me gustaran o no. La cumplí, creo que a la perfección. Y no me quejo, este chico no me disgusta. Es atractivo, folla bien, pero el morbo con él se ha ido agotando por varios motivos y no disfruté tanto como con otros. De hecho cuando, a cuatro patas, me follaba empujándome a comerle la polla a L. yo estaba deseando que acabase, es lo que tiene follar sin ganas. Decididamente, es la última vez que follo con él. Acabamos, se vistió y se fue. En su línea... con él sí me sentí puta. Y no, no me gustó.

Entramos luego con otro chico... sin comentarios... un "servicio rápido y eficaz"... Se ve que con la gomita le costaba y acabó corriéndose en mis tetas con más pena que gloria. Y yo en mi interior repitiendo como un mantra "es una fantasía... puta por un día... es una fantasía..."   Menos mal que bien está lo que bien acaba. No sería la primera vez que una fantasía largamente deseada acaba muriendo al hacerla realidad, pero no fue el caso, afortunadamente.

Salí del baño con esa sensación rara de "¿por qué me meteré yo en ciertos juegos? Yo vengo aquí a divertirme...". En la barra me esperaba L. Él seguro sabía que no habían sido ni de lejos buenos polvos, pero también estaba claro que no me había sentido forzada en ningún momento, ni humillada, ni violada... simplemente estaba insatisfecha, lo cual supongo, era acorde con la fantasía a cumplir. Mi único disfrute estaba siendo el pensar si L. estaba disfrutando.

Hablamos. Me preguntó si quería seguir. Sí. Después de todo, yo tenía mi palabra, esa que puedo utilizar en cualquier momento para detener un juego. Y no la había empleado, las cosas no habían llegado para nada a ese límite. Aún estaba a tiempo de irme a casa con buen sabor de boca. Nos quedaba una hora en el local. Entre juego y juego algún chico se me había escapado pero eso era inevitable, el don de la ubicuidad aún no lo tengo.

Decidí hacer algo que siempre me sienta bien, y cuando iba a pedirle a R. unas chuches, ya me las estaba sacando el tío ¡qué bien me conoce! ¡cómo no le voy a querer! Ronda de chuches por todo el local, con aceptación casi unánime. Y cuando se la ofrecí al "desconocido", el tipo que L. me había señalado como "próximo cliente", tuve la intuición de que finalmente me iría con buen sabor de boca... y conste que no pensaba precisamente en las chuches.

Físicamente no era un hombre atractivo, ¿para qué mentir? Pero tenía ese punto de timidez y esa mirada cargada de deseo que tanto me ponen. Con el pretexto de las gominolas entablé conversación con él. Breve. Pronto estábamos sobándonos en el interior del local. Minutos después yo agarraba su polla y la de L. y disfrutaba de sus caricias y lametones. Tumbados los tres se dedicó a explorar mi cuerpo e investigar mis recovecos. Pronto me tenían mojada como una perra. Con los pezones erectos me dejaba chupar, enredando las manos en sus cabellos. Disfruté jadeando de su lengua, que marcaba con saliva el borde de mi pubis, mis ingles... Abrí las piernas esperando recibirla en mi interior, y cuando lo hizo... ¡ufff! Creí que me corría en ese mismo instante....

Pero no, porque enseguida la lengua fue sustituida por unos dedos, que se abrieron camino con delicadeza dentro de mi coño arrancando un ronco gemido de mi garganta. Y así, alternando los dedos y la lengua me hizo una comida de coño espectacular. Sus movimientos me provocaron espasmos tan fuertes que en uno de ellos me incorporé. Mis iniciales susurros de "siii, massss..." habían traspasado hacía rato el volumen considerado normal entre personas a tan escasa distancia y ya se empezaban a convertir en gritos, que resonaban entre jadeos y respiraciones entrecortadas. Tal vez fue por eso, por acallarme, que L. acercó su polla a mi boca y yo, siempre obediente, la abrí y me la metí entera. Con movimientos de la cabeza le indiqué lo que quería y, una vez más, mi chico me entendió y me lo dio: me folló la boca sin ningún pudor.

Para retrasar mi orgasmo me arrodillé sobre la cama. Fiel a mi costumbre de disfrutar con los ojos cerrado, me costaba saber en cada momento a quién pertenecían los dedos y bocas que me proporcionaban tal placer. Actuaban como un equipo, perfectamente sincronizados. Yo les correspondía con caricias, besos, mordiscos. Seguí el brazo que ascendía tras la mano cuyos dedos me penetraban suavemente el culo en ese momento y mi mano acabó rozando una polla erecta que rápidamente comencé a masturbar en justa correspondencia. Placer por placer.

De lo que ocurrió a continuación no tengo dudas. Esa forma de provocarme el squirting solo la conoce L. Pero tengo que decir que en esta ocasión contó con ayuda extra. Yo seguía de rodillas cuando sus dedos localizaron mi punto G y empezaron a estimularlo. Mi cuerpo se arqueó de placer y, aunque seguramente hubiera tardado poco en correrme de todas formas, en ese momento el otro chico, observando con curiosidad, agarró mis muñecas y las mantuvo sujetas por encima de nuestras cabezas, impidiéndome cualquier movimiento.

Los dedos de L. junto con la sujeción de F. y el roce de su piel y sus labios contra mi cuerpo desencadenaron en mí el orgasmo, con tal brutalidad que proyecté un potente chorro, el cual impactó de lleno en la cama, salpicando las piernas de los dos chicos, empapando la sábana, el colchón... ¡Brutal!


Apenas pude llegar al baño, tal era el temblor de mis piernas. Necesitaba reponer líquidos. Cuando alcancé la barra estaban ya los dos allí. Comimos y bebimos algo, charlando distendidamente y evitando la pregunta que flotaba en el aire... "¿Volvemos a entrar, no???"   Y volvimos, claro que volvimos.   Los tres. Al otro lado del local, al que permite estar con algo más de intimidad. Y tal vez porque era “mi último servicio”, o porque realmente estaba disfrutando como una auténtica perra, o por las dos cosas, me follaron los dos por turnos, juntos y por separado, hasta dejarme exhausta y quedar ellos vacíos… porque, aunque no hice correrse a todos los hombres que había en el local, al menos sí a todos los que me llevé esa mañana a la cama.

(c) 2011 NINA & Lucas

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